viernes, noviembre 06, 2009

La Gallina Jamaica


Cuando un novio de una de las hermanas de José llegaba a la calle, La Gallina saltaba sobre el capote del carro y comenzaba a cacarear. A Jamaica la llamaban La Gallina. Es extraño su nombre, Jamaica. Era una púber inquieta, y no sólo embestía a los novios de las hermanas de José si no que a todos los novios de las mujeres del barrio. Era flaca, siempre se echaba encima un vestido pobre, su culo parecía un balón y alzaba los vuelos posteriores al trapo permitiéndonos mirar el envés de la rodilla o recorrer sus muslos hasta el nacimiento de las nalgas. Qué nalgas tenía Jamaica.

En las tardes nos íbamos a pelear un todo contra todos en el salón de estar del edificio Roma. Luisito, José y yo, a veces iba Máximo; girábamos las manos, lazábamos patadas voladoras y hacíamos alarde de nuestras mejores llaves de lucha libre, o nos poníamos los guantes y tratábamos de fracturarnos el tabique de la nariz. Queríamos tener rostros de boxeadores. Luego, agotados nos lanzábamos a fumar en un rincón sobre el frío piso de granito y a mirar el techo. El novio de de Márgara se atrevió con La Gallina. Se estaba echando unos palos en el Bar Osiris y al salir, ella cacareaba sobre el capote de su carro. Y qué más, inquirió Luisito, ella movía la cola, esa inmensa cola, lo hace porque le sale ¿cómo es eso? No se aprende, viene, y el tipo le abrió la puerta del carro y se la llevó en su descapotable, cruzaron la avenida y se comieron los rayados. ¡Gallina, Gallina! Gritábamos todos y comenzábamos cacarear con las manos sofocando las entrepiernas.

Sofía nos daba besitos si le prometíamos ir a sus clases de catecismo, tienen que comulgar. Mi hermano era audaz y cuando la catequista venía del liceo de monjas de Santa Rosalía le decía, voy a comulgar y de inmediato le lanzaba los brazos a la cintura, la acompañaba al zaguán, levantaba las faldas del uniforme; ella se dejaba tocar debajo, arriba, entre las piernas ¿cómo es? Muy tibio, casi tan caliente como una fiebre, decía mi hermano, coño, dinos ¿y entonces? eso, contestó y se fue. Una tarde luego de leernos todo sobre los sacramentos, nos pasó a cada uno sus manos por el pelo, sentía una gran ternura, nunca nos lavábamos bien la cara y andábamos sudados de tanto jugar pelota; sin embargo ella puso su boca tibia, si coño, sobre nuestros labios y fueron calientes y húmedos los suyos ¿Probaste su lengua? la saliva es distinta en su lengua, es dulce, empalagosa ¿y qué? José se quedó pensando un rato, y resbaladiza. Comenzamos a amar la saliva de las mujeres a partir de los besos de Sofía.

Mi viejo me regaló un telescopio, le dije a Máximo, vamos a la azotea de mi casa a ver a la hermana de José, es Margara coño ¿Y qué? Ese carajo es una rata, el otro día le robó una pantaleta a Márgara y nos cobró dos bolívares por tocarla y un bolívar más si nos las dejaba un rato ; Luisito le dijo, quiero comprártela; no puedo guevón, se va a dar cuenta y me van a singar a palo. Pero ¡huélela, huélela ¡ -parecía un turco- y por dos bolívares más, una entrada al cine, tres tiques para el súper tobogán de Las Mercedes o un plato de espagueti Boloña en la Pizzería, la olimos todos. Olía distinto a cualquier prenda. A qué huele, coño, a qué huele: a almendras, mentira, huele a carne con pasas, pajúo, a bologna, es salado y dulce, una lágrima. Aún Aquel olor me acompaña cuando miro el techo en las noches pálidas por el desvelo.

Debajo del apartamento de Márgara vivían las tres Da Silva, cuando la hermana de José no salía a la terraza, metíamos el ojo por sus ventanas, y a veces las mirábamos en sostenes. Y el gordito medio calvo, el mariquinqui, su hermano ¿No nos querrá vender por un rato sus sostenes?

Han pasado los años y mi corazón no tiene una fibra sana, lo he sometido a todas las pasiones y ha regresado de esos laberintos escaldado y duro, como un veterano de una guerra cruel. Hace poco me encontré a La Gallina. Mejor dicho, la vi, ya me habían contado sobre sus cosas, el culo se le vino abajo junto a la picardía y la desfachatez. Se había metido a revolucionaria, se cubría con un hábito rojo, los íconos usuales de los rebeldes y una gorra de beisbolista. Recuerdo, cuando ella era La Gallina y todos los huevos de oro querían empollar en su nido; por aquella época, a la hora de más tránsito, pasaba siempre por la acera de la avenida una mujer cerrada de blanco, la adeca, le gritábamos ¡Adeca, adeca! Iba bien peinada, con el cabello muy teñido de negro, no existía un negro así, parecía una enfermera, ella daba un giro y solo nos miraba con furia.

La Gallina Jamaica tuvo una vida de excesos, avances y travesías, era famosa por sus deslealtades y oportunismos amorosos, nunca se metió en líos, la política era algo inaudito e improbable para su ruta de vuelo; pero la gente envejece, la mamá de José luego de las disipaciones sofocadas de aquellos tiempos, se metió a testigo de Jehová y ahora predica de puerta en puerta, y La Gallina Jamaica es una monja mística de la revolución, ha hecho votos de castidad; cambió su mirada de zorra la por la de una recalcitrante inquisidora y su lengua morada de esbirro se pasea fina por su pico abierto.

Las demás mujeres de la calle han ido envejeciendo con nosotros, hacemos maromas por mantener la dignidad y conservar las sensaciones, esa única parte del recuerdo presente y tangible, la que se queda contigo hasta el final de los días.