miércoles, marzo 24, 2010

What you want




©Remittancegirl

Traducido por Israel Centeno

Twitter Fiction

Ese primer golpe se sintió tan jodidamente bueno. Todo lo imaginado. Ferozmente caliente, ajustado hasta lo imposible. Su coño iracundo, más que nunca. Monstruo delicioso. Me estrellé dentro una y otra vez afincado mi cuerpo contra el espaldar del sofá, levantándola hasta que la sangre bajara a su cabeza, dándole a su pálida piel un profundo tono rosa.
Sus músculos se adhirieron a mí hasta hacerme sentir que no saldría jamás de ella. Sabía que no duraría, pero era el pensamiento de un fantasma y no me importaba. Mi pulso retumbaba en los oídos e inducía a cogerla con dureza, con rapidez hasta que mis golpes emparejaron el ritmo.
De pronto su espalda se curvó, los músculos cobraron rígor y sus talones comenzaron a escarbar en la parte interior de mis muslos. El espasmo inicial fue un batir de puertas. Me sumergí a través de su orgasmo, el más fuerte que haya sentido en mi vida.
Caí en un vértigo abrumador y mis rodillas cedieron. Sentía pasar los minutos y aún no podía parar de estallar dentro de aquella oscura y furiosa caverna. Mi propia rabia se debilitaba tras cada chorro.
Cuando volví a ver ella estaba mirándome sin triunfo, sus facciones se habían suavizado, ella asintió tratando de recuperar el aliento.
-Yup. Cuál fue el truco – dijo.
La hice a un lado, dejé sus caderas caer sobre el sofá y se desplomó sobre unos cojines que estaban a su lado. No podía pensar en algo qué decir. Sentía mi alma repleta de huecos y ella los había puesto allí.
- Admítelo, esto era lo que deseabas.
La observé en silencio.
Se levantó, recogió su cabellera desordenada, la recogió hacia atrás, en coleta y la ató con una banda de goma que había sujetado todo el tiempo su muñeca.
.-!Admítelo!
Nunca me había sentido tan manipulado. Comencé a sentir de nuevo desprecio hacia mí. La rabia se concentraba con fuerza en la boca del estómago y no me cabía duda de que sabía con exactitud lo que estaba sintiendo. Lo había preparado.
-Eres como una enfermedad – dije al fin. - ¿sabes?
No es lo que le digo normalmente a una mujer con quien acabo de tener sexo. Por lo general nos besamos, nos tumbamos a dormir y desayunamos juntos. Pero las palabras cayeron antes de que las pudiera detener.
Aquello no la perturbó. Sacó un cigarrillo de su bolso, lo apretó entre sus labios y se levantó.
- Yo sé – dijo, con un resoplido que suponía una risa.
Salió de mi habitación hacia la oscurecida terraza desnuda como había nacido. Supuse que allí había dejado su ropa.
Por supuesto, tendría que haber cedido y haber sido educado. Debí haberme levantado hasta que se marchara. Me quedé tumbado en el sofá hasta que escuché el portazo de afuera y luego me dormí.
Estuve la semana tratando de pasar la hoja sobre lo sucedido aquella noche. Pensaba en ella en todo momento y era como tener un clavo oxidado dentro de mi cerebro. Cuando más trataba de olvidar la debacle, retornaba vívido y fuerte el recuerdo. No tenía ni idea de lo que había hecho de mí, pero la anhelaba con una intensidad sofocante. El sábado siguiente me hallaba de vuelta en el bar donde nos habíamos encontrado, requiriéndola como un drogadicto que se rebusca unas líneas.



(#twittersmut) Part 3

Me tomó un momento reaccionar de la forma apropiada. Mi verga saltó a la vida tan idiota y previsible como era. Estaba expuesto ante la expresión petulante bajo su maraña de rizos, ante sus pezones diminutos y ligeramente negros, encogidos en la piel de los pequeños senos. Ante su cadera de huesos tallados en forma de pozo en su bajo vientre. Los angulosos tendones de los muslos destacaban del vendaje blanco de la piel y se estremecían por la tensión dispensada. Entre ellos, el coño se abría mostrando sus labios inferiores, brutalmente carmesíes.
Un cigarrillo encendido pendía entre sus dedos. Ella aspiró y lanzó una bocanada de humo hacia el techo, su mirada quedó allí en un punto muerto:
- Cógeme – dijo, en voz baja y ausente.
Dejé a un lado la bandeja para que no se cayera e intenté con desespero contener la erección, sólo para reconocer la inutilidad del esfuerzo. También había olvidado respirar.
- Tú – tragué a pesar de tener la garganta seca –no puedes fumar en mi casa.
Me reproché en silencio ante la necedad de esa respuesta. Pero el mandato de la sangre que fluye es más cierto de lo que nadie está dispuesto a admitir.
Ella dio otra chupada profunda al cigarrillo y lo dejó caer de manera casual sobre el suelo de baldosas como si estuviera en una cafetería al aire libre.
- Cógeme
- No.
- Es lo que deseas.
- ¡No! Exclamé mientras me agachaba para recoger el cigarrillo encendido apagándolo con furia sobre una de las bandejas de café. – Debes vestirte e irte.
¡Ahora!

Al levantar la mirada vi su lánguida mano deslizarse a contraluz y los dedos abiertos entre las piernas. Incluso a la distancia, la carne mojada resbalada entre sus dedos. Las falanges se ocupaban del clítoris para luego, al agacharse, presionar hasta que los labios se abrieran.
Odiaba a aquella mujer. La quería fuera de mi vida y de mi casa tan rápido como pudiera salir de ella. También quería sepultar mi verga en ese apretado y caliente coño, deseaba hacerlo con tanta ferocidad que, de mis ojos saltaron lágrimas. Aquella contradicción no describía mi estado de ánimo.
Paralizado la vi caer frente al sofá. Se detuvo de golpe, luego unió un dedo al otro los hundió muy profundo dentro de sí. Las caderas se levantaron para encontrar su mano y comenzó a cogerse a sí misma; y, a cada empuje con innegable saña, rozaba su clítoris con el pulgar.
Parecía el testigo de una violación autoinfligida, no estaba ante alguien masturbándose de forma prodigiosa. La expresión de su rostro. No había placer, sólo desesperación trastornada. Se me puso muy dura. Si se hubiera retorcido o jadeado, me hubiese enfocado en su egoísmo y hubiera podido mantener cierta perspectiva; pero aquello era tan gráfico. Ella ejecutaba su acto, como si estuviera siguiendo instrucciones ilustradas. No pude evitar caer en el vórtice.
Maldije mi debilidad mientras me aflojaba el cinturón y bajaba el cierre de mis pantalones chinos; una corriente oscura de odio subió por mi espina dorsal, me odiaba al rodear la mesa del café y ponerme ante sus piernas; me odiaba en el momento en que liberé la erección desde el umbral de mi bóxer.




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