domingo, abril 04, 2010

El beso de los pantanos



Israel Centeno

El asunto era encontrar una idea original para celebrarle el cumpleaños al viejo, de eso iba el tema y las chicas se prepararon para hallarlo, pero no encontraron ni una sola cosa, él lo había vivido todo. Fuera de cámaras es más difícil ingeniárselas y ya les habían advertido que si no resolvían, en La Mansión se realizarían tres divorcios sorpresa.

Bridget se desperezó maullante, sus extremidades aparecieron desde abajo de la sábana rosa, aún sentía un fuerte dolor de vientre, puta cosa ésa de ingeniársela bajo tortura, el dolor se expande a toda la vida y la vida es mi dolor de vientre, pensaba. Flexionó sus piernas largas como una semana en Japón, las plegó contra sí, hacia sus tetas; le resultaba difícil concentrarse, poner el foco en Hef, el maldito; en ese instante la asombró una imagen muy clara del dictador cubano, su tabaco, antes fumaba grandes tabacos, esos son sus pensamientos frívolos, la abordaban de vez en cuando y se fastidiaba por distraerse con el gran “ dick “ del César Augusto de la Isla; puede resultar sorprendente que Bridget ande en eso, y llegue a conclusiones freudianas, pero cualquier cosa puede pasar dentro de esa cabeza llena de baches y malos sentimientos. A aquella imagen la siguió una escena sorpresiva: Kendra era sodomizada por el inmenso cigarro del comandante, eso le gustaría a Hef para su cumpleaños, contemplar esa carita de mono reír como una idiota, tratando de avispar sus ojos soñolientos con el Cohiba-Daniel de Fidel dentro del culo.

El dolor dio latigazos de placer a Bridget, flagelaban hacia abajo y la crispaba; no, no lo haría, era muy temprano, en la reciente madrugada había sido mal cogida en el plató por la novedosa estrella porno de Port Isabel para resolver una escena, y a pesar de aquello y de los dolores de su regla, la comenzaba a bañar una cremosa liviandad; no, no lo haría, pero la imagen de Kendra con sus tetas de bolos afirmadas en dos almohadones y la cara a un lado sobre una estera caribeña enarbolando las caderas, la aturdía; abierta y jabonosa, Kendra Wikinlson le entrega el lechón al viejo de barba cana, quien, como un profeta protervo, movía con sevicia el tabaco: adentro y afuera, como si marcara un ritmo marcial y comunista en los apretados pliegues anales.

Hef aplaude, está allí, debajo de su albornoz de satén rojo lleva una guayabera crema, y Holly, la maldita platinada, dice una y otra vez al elevar su aniñada voz de beldad californiana: banano, banana; su batón de sirope habanero se agita desplegado por el viento de aquella húmeda orgía y grita al darse cuenta: estoy en la endemoniada fantasía de Bridget, y sus largos dedos empujan el banano dentro de su boca, de inmediato se deja caer sobre un tronco de palmera trasverso mientras la cámara se aleja ampliando el foco.

El agua transparente y coralina del mar erotizado revienta sobre la arena de la playa, todo aparece con claridad chevjotiana. El viejo dictador ha sacado el tabaco del culo de Kendra y comienza a hurgar con sus dedos sarmentosos, los mete dentro, deja caer sus labios recién inyectados y aparece la pegajosa expresión de placer que ponen los ancianos poderosos al tocar las tetas de una pequeña; sus falanges recorren con temblor y quisquillosidad el corto camino y abre con la V de la victoria los inmensos belfos empapados.

Hef hace movimientos ridículos y lascivos, simula bailar un danzón, desea correr a darle un beso, acercar como le es usual su boca alcanforada mientras Holly es alzada en vilo por una fuerte guardia de seguridad y tirada a la arena; la esbirro la esposa con rudeza, rasga el batón, por unos instantes le acaricia el terso y depilado pubis y luego comienza a darle chicotazos hasta hacerlo enrojecer, Bridget no siente dolor, o sí, un dolor agradable y tibio, el flujo de sus mareas menstruales pide la caricia de sus tres dedos, el frote y la penetración.

Hef, justo antes del beso, recibe el mimo de un pequeño macaco, que pasea su rabo entre sus inexistentes nalgas y luego juega a acariciar sus testículos, brinca y hace ruido. Justo antes del beso, la torturadora sanguinaria le come el coño a Holly. Justo antes del beso Kendra deja de reír como una idiota, grita encantada, se acaricia sin mengua, se revuelca en la arena y sus sentidos se pierden con la brisa que levanta en torbellino la arena de aquella playa.

El dictador y Hef están desnudos, y entonces repliegan la carne de sus cuerpos en un violento abrazo senil, y al fin, el beso de los luchadores. El viejo aligátor mujeriego besa en un costado buscando la herida, el orificio anal abocado a la pared del abdomen del viejo caimán cubano y las tres mujeres, en diferentes encuadres, acaban como diosas en una apoteosis acompañada por La heroica de Beethoven, pero sólo Bridget cae de la cama desconsolada, abrazada por la frustración; corre al baño, se da una ducha, apenas se cubre con una prenda transparente de seda y sale dando saltos fuera del cuarto, y mientras se lanza por la balaustrada de La Mansión, les grita a los productores:

-¡Tengo una maravillosa idea!