martes, abril 13, 2010

Solitario


by Icen

El hombre, desnudo, con los músculos del cuerpo dibujados al detalle, se echó al lado de Dolores, la rodeo con los brazos, buscó su boca, puso las manos en su cuello como si hubiese atrapado una de sus mancuernas y la beso. El beso fue absoluto, mentolado y torpe, cada movimiento de su cuerpo le decía: ya, querida, abre las piernas. Frotó su verga contra aquella figura perfecta, pálida y distendida, ella no lo acariciaba ni le devolvía los besos; estaba lánguida entre almohadas y sábanas, más blanca que aquellas prendas; era una luna desnuda e indiferente: el esposo se hizo estrechar, acariciar; Dolores no estaba allí pero él se apalancó con sus fuertes brazos levantando los muslos de su mujer; los alzó hasta que los talones de la impasible descansaron sobre sus hombros; entonces la asaltó con firmeza pero ella continuaba sumida en un trance profundo y se dejaba hacer como una muñeca.

Jorge no sentía el menor placer, contrariado exclamó

-¡Tan buena y tan sosa!

La penetró con más rabia que deseo y de inmediato sintió un calambre en el abdomen, su espalda tronó y sus nalgas, redondas como las de una mujer se estremecieron; luego, se tendió a un lado y largó tres fuertes latigazos de semen sobre el costado de Dolores:

-¡Vete de aquí .¡ Gritó. Luego, -¡No! Julio, ven.

Ella continuaba sonámbula e indiferente a sus imprecaciones y al extraño que aparecía en el claro de luna dibujada a través de los cristales de la ventana de la habitación.

-¡Ven! ¡Cógela¡ -Bramó - si te gustan las muertas, cógela! -

Ella no preguntó, ni la molestó la presencia del inesperado visitante, pestañeó apenas mientras el hombre se metía en la cama, pero disminuida aún se incorporó un poco y tomó entre sus mano la endurecida verga del invitado; comenzó a acariciar sus testículos hasta que se le empequeñecieron, y paseó sus largos dedos entre aquellas nalgas, presionando y hundiendo el ojo del culo. Besó el glande de Julio, como si estuviera soplando el palo mayor de un bergantín, abrió la boca y aquella inmensa dureza desapareció en ella una y otra vez hasta hacerla venir en arcadas, babear y volver a comerse con hambre golosa aquel mástil empapado en saliva; Jorge ofendido se encimó y trató de apartarla o de tomarla por las caderas pero recibió en su pecho un firme golpe de talón que lo lanzó fuera de la cama. Ella tumbó al forastero sobre la huella dejada por su marido y se encaramó sobre él, sus tensos muslos se flexionaron al tiempo que caía y el fuste se abría camino en su encarnado coño; lo cabalgó con el ritmo desaforado de una “Bacante”; las ingles de él se remecieron y lo hicieron cimbrarse hacia arriba, ella se inclinó para golpearlo con su cabellera y rozar los pezones en los labios de aquel hombre enajenado; le guió las manos, se hizo entender: sin dudar él le abrió las nalgas y ella se contrajo con fuerza sobre el pecho del amante: el anillo se aflautó y por reflejo el esfínter apretó con fuerza los dos dedos que trataban de partir el higo; antes de abandonarse ella le mordió un hombro, rehiló con desmesura y de inmediato ambos fueron tragados por sus alaridos. Se transformaron en dos estampas primitivas abatidas antes de rendir la lucha; así cayeron. Julio eyaculó hasta sentir un aguijonazo en el culo: fueron segundos terribles y definitivos, mortales. Dolores, luego de morder con todas sus entradas, retornó a su primera languidez, al momento cuando Jorge le hacía el amor, y él, su marido se encontraba ahora como un gato, de cuclillas, en un rincón del cuarto, con el pene entre sus manos, marcado por su tercera eyaculación en solitario.