viernes, octubre 29, 2010

Correrse el western


Esa pistolera debe haberse llevado todo el cuero del estado, así pensaba Pedro al ver a Francisco ajustársela a la cintura, la funda inmensa para el Colt 45 y los cilindros donde calzan las balas brillaban de uso, el brillo opaco del cuero, el brillo de bronce de las revolveras, la piel curada por el tiempo. La cintura de este hombre es enorme, Pedro la midió al sesgo, sus pupilas marrones recorrían las pequeña rendija de rata fisgona empotradas  bajo su frente y sobre los pómulos.  El Gordo Pancho no siempre fue así, fue alto y bien parecido con el porte de los señoritos del puerto, uno de esos tipos que se subían a las balaustradas a mirarle las tetas a las putas y a lanzarles monedas de bronce en el entreseno, todo esto antes de convertirse en quien es, el obeso patrón de Carmen, dueño y señor de su cuerpo y de todas aquellas tierras. Era la hora de salir a caminar entre los arbustos de espinos, los cactus y sobre toda aquella tierra árida, es la locación, le gritó el director, es el lugar perfecto, muévete como si flotaras sobre los elementos, vienes de aplastar a Carmen con tu cuerpo, dueño y señor de dos hembras, mujer y tierra, sinonimias, diría un lingüista o algo así, y detrás de ti va Pedro el felino mirón, se ha pasado toda la noche en el cuarto de los arrieros imaginando a Carmen desnuda y mordida bajo tu peso muerto, de espalda como te gusta montar; si es de montar, el lomo, Francisco lo ha dicho siempre y  Pedro se la cascó un par de veces, diablos si pudiera despojarlo de la heredad gimió luego de eyacular sobre el catre de paja, plantarle cara y advertirlo, desenfunda cabrón, mejor no advertirlo, mejor tomarlo por sorpresa, sacar el arma y pegarle tres tiros en su inmenso abdomen para que muera de dolor de tripas, marico de mierda; ahora va adelante en el set, haciendo lo que tiene que hacer, rezongando, murmurando sobre el terreno, va seguro y es la escena final, se ha leído bien el guión y no tenemos cinta para improvisar, eso lo sabe y entonces gira inmenso contra las cámaras, toma de aire y abierta, el gran sombrero, las manos buscan el revólver, una pluma entre sus manos grandes, hala el percutor y un segundo después de advertirle, sin apuntar, le parte la cara en dos a Pedro el husmeador  ¡desenfunda! no hubo espacio para el calificativo, la imagen de Carmen sometida de espalda y desnuda, sus tetas duras, respingonas,  mecidas por los golpes y apremios de la cogida desde atrás se funde al instante de su caída y el cuerpo a gatas, el rostro confuso o agresivo en los cuadros,  se funde en  las acciones, se   cruzan las escenas, queda el ruido, la bulla del mundo, Francisco y la última explosión antes del desplome.

Del carajo.