jueves, octubre 07, 2010

Erótica envíada desde mi BlackBerry de Movistar


Sentía de nuevo la incomodidad en la boca del estómago; no era dolor, la estopa, el trapo, una húmeda amargura, sólida y amenazadora; dejó correr su mano por su vientre, la erección matutina y el escalofrío, el suave estiramiento, pensamientos confusos, sus dedos juguetones; es la mejor hora, se incorporó de un salto y corrió casi desnudo al cuarto vecino, soy yo, se deslizó entre las sábanas, sombra, ladrón, fantasma; el olor de ella nimbaba toda la atmósfera de la habitación, una niebla cálida, la piel, su pelo, el resto de la frescura del baño de la noche anterior, estaba allí, era una prisionera entre sus brazos; ella, ausente y curvada, suspendía apenas su cadera en un quiebre sutil en reacción a la gravedad, a las leyes de la física, consentida en su ausencia, esposada por el impostergable deseo de abrirse aún dormida; la humedad matutina, ambas manos en las nalgas, buscando en la carne apoyo, entre las piernas y al calor de su coño, recibía el abrazo, y apenas acusaba el temblor de sus telas íntimas; la ecuación es sencilla, erección y humedad, ingravidez y peso; las manos del invasor buscan su pecho, acarician el suave contorno de sus senos, lo hacen suyo, recorren los pezones, endurecidos, como el bastión que se frota contra su espalda, verga plena, le pregunta ¿Estás amando al prójimo? ¿Estás entrando en la cama del prójimo? ¿En su carne? Susurra desde el sueño, me he mojado toda la madrugada, he soñado con un glande púrpura y abotagado de ganas de inicarse, una verga cruzada de venas, dura como la vida ¿Eras tu amor? ¿Encarnas tú a todas las vergas del mundo? Le encantaba aquellas incoherencias; la mujer abría sus piernas de espalda y dejaba caer el peso de su coño hacia atrás, grande y terso, limpio de todo vello, luego de la revelación reprimió las ganas, quería bajar y abrirse paso entre sus labios, comprendía que justo en ese momento, le estaba negado a su boca el dilatado y caluroso beso al abrevadero deseado, los jugos goteaban y el olor se hacía perturbador; la acometió por la nuca, la mordió, sus garras de águila o las fauces del lobo, el instinto bruto del animal hambriento; ella susurraba, te quiero adentro sauce llorón, tetero, rocío, polvorosa, adentro garrote loco, muy profundo en el aljibe, palo de piñata, te quiero adentro coño de tu madre, en el molino, entre mis músculos exaltados por el espasmo ¿Los sientes? Estaba allí, en el último círculo del infierno, luego de frotarme y a través de sus nalgas, devorado, pegado a ella, sentía cada convulsión como una latigazo; de inmediato fue ejecutado por los anillos de la tensa musculosidad de Venus; lo atrapaba, lo controlaba sus degluciones de boa constrictor,¿ Ahora me sientes? Peguntaba ¿Me sientes? Insistía; así entre quejidos lo atrajo al más oscuro vértigo; inconsciente, inició el sueño; y despertaba con la molestia, la estopa, la incomodidad en la boca del estómago; acarició su vientre, se desperezó con sensualidad, saltó casi desnudo de la cama, corrió hacia el cuarto vecino: allí estaba, presa entre las piernas del amante, quizá atrapandolo, mordiéndolo, despersonalizando sus deseos. 
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