domingo, julio 24, 2011

Una carta a Louise Colet


Gustav Flaubert


Croisset] Viernes, diez de la noche [18 de septiembre de 1846].

[...] Me gusta mucho la «suculenta perdiz de Rosni» y «el cangrejo de gusto fino que pescan en el Sena»; eso es un error de geografía culinaria; ¡no creo que se pesquen cangrejos en el Sena, en Mantes! No importa, pero lo mejor es esto: «Comimos los dos, etc.», hasta «¡Qué comida, qué atractivo!». Aguardo la laguna con impaciencia. Es el punto más delicado. Siento curiosidad. El final es de bonito tono; pero deberías, al comienzo, tratar de intercalar algo para el inteligente empleado del ferrocarril. El magnetismo que atrae a dos seres ha de ser bien fuerte y bien auténtico, y se desprende de ellos de una manera sin duda irresistible, puesto que se hace comprender incluso por seres que le son extraños.

¿Me consideras, pues, un hombre muy alegre, para enviarme todos los chistes que eres capaz de recoger? Es una atención que me conmueve, pues en verdad que me gustan, sobre todo cuando son tan buenos como los de la señora Gay y su animoso esposo. Pero me parece que en ocasiones me tomas por lo que no soy. Una vez haces de mí una especie de «maldito» de melodrama, y a la siguiente me asimilas al viajante de comercio. Entre nosotros, no estoy tan arriba ni tan abajo; me vulgarizas o me poetizas demasiado. Siempre la furia femenina por negar las medias tintas y no querer, o poder, entender nada de los temperamentos complejos. ¡Y hay tan pocos temperamentos simples! Sin darte cuenta, dijiste algo de un alcance sublime: «Creo que no te gustan seriamente más que las caricaturas». Si se toma al pie de la letra, es horriblemente falso, pues me gusta mucho lo grotesco, pero siento poco lo ridículo, esa comicidad de convención. Pero si se quiere dar a esa expresión un significado más amplio, puede que haya en ella algo de verdad. ¡Pues no!, si vuelvo a pensarlo. Antes distinguía con bastante claridad en la vida las cosas bufonescas de las serias; ¡he perdido esa facultad! El elemento patético ha venido, para mí, a situarse bajo todas las apariencias alegres, y la ironía planea sobre todos los conjuntos serios. Así pues, el sentido en el que dices que disfruto con las farsas es inexacto; pues ¿dónde encontrarla, la farsa, desde el momento en que todo lo es? Ya sé, pobre vieja amiga (no te indignes por «vieja», es mi mejor expresión cordial), que no te gusta demasiado oír todo esto; pero ¿qué quieres? ¡Soy así! En cuanto al fatalismo que me reprochas, está anclado en mí. Creo en él firmemente. Niego la libertad individual porque no me siento libre; y en cuanto a la humanidad, basta con leer la historia para ver con bastante claridad que no siempre marcha como lo desearía. Si quieres entablar una discusión al respecto (que no será divertida), no me enfadaré. Pero acabemos con todas estas tonterías y besémonos, pues quiero agradecerte una vez más tu buena carta de esta mañana.

Me dices, ángel mío, que no te he iniciado en mi vida íntima, en mis pensamientos más secretos. ¿Sabes qué es lo que hay más íntimo, más oculto en todo mi corazón y lo que es más «yo» en mí? Son dos o tres pobres ideas de arte incubadas con amor; eso es todo. Los más grandes acontecimientos de mi vida han sido algunos pensamientos, lecturas, ciertas puestas de sol en Trouville al borde del mar, y charlas de cinco o seis horas consecutivas con un amigo que ahora está casado, y perdido para mí. La diferencia que siempre he tenido en mis maneras de ver la vida con las de los demás ha hecho que siempre (no lo suficiente, por desgracia) me haya encerrado en una solitaria aspereza de la que nada salía. Me han humillado tan a menudo, he escandalizado y hecho gritar tanto, que hace ya tiempo he llegado a reconocer que para vivir tranquilo hay que vivir solo y poner burletes en todas las ventanas, no vaya a entrar el aire del mundo. A mi pesar, siempre conservo un algo de ese hábito. Por eso, durante varios años, he rehuido sistemáticamente el trato con las mujeres. No quería trabas en el desarrollo de mi principio innato: ni yugos ni influencias. Había terminado por no desearlas ya en absoluto. Vivía sin las palpitaciones de la carne y del corazón, y sin tener conciencia siquiera de mi sexo. Ya te lo dije: tuve, casi de niño, una gran pasión. Cuando se acabó, quise entonces hacer dos partes, poner a un lado el alma, que reservaba para el Arte, y de otro el cuerpo, que tenía que vivir de cualquier manera. Luego llegaste tú y lo  desbarataste todo. ¡Ahora regreso a la vida del hombre!

Has despertado en mí todo lo que dormitaba, o quizá se pudría. Ya he sido amado antes, y mucho, aunque soy de esos seres a los que se olvida pronto, más aptos para hacer nacer la emoción que para hacerla durar. Siempre me quieren un poco como algo raro. El , amor, después de todo, no es sino una curiosidad superior, un apetito de lo desconocido que te empuja a la tormenta, a pecho abierto y con la cabeza adelante.

Corrijo, y digo que me han querido; pero nunca como tú, y nunca ha habido tampoco entre una mujer y yo la unión que existe entre nosotros dos. Nunca he sentido en mí hacia ninguna una abnegación tan profunda, una propensión tan irresistible, una comunión tan completa. ¿Por qué dices sin cesar que me gusta el oropel, el tornasol, las lentejuelas? ¡Poeta de la forma!, ése es el gran ultraje que los utilitarios arrojan a los verdaderos artistas. Para mí, mientras no me separen en una frase dada la forma del fondo, sostendré que son dos palabras vacías de sentido. No hay pensamientos hermosos sin formas bellas, y recíprocamente. La Belleza rezuma de la forma en el mundo del Arte, como en nuestro mundo salen de ella la tentación, el amor. Igual que no puedes extraer de un cuerpo físico las cualidades que lo constituyen, es decir, color, extensión, solidez, sin reducirlo a una abstracción hueca, en una palabra, sin destruirlo, del mismo modo no quitarás la forma de la Idea, pues la Idea no existe sino en virtud de su forma. Supón una idea que no tenga forma, es imposible; igual que una forma que no exprese una idea. Ahí tienes un montón de tonterías, de las que vive la crítica. Se reprocha a la gente que escribe con buen estilo el descuidar la Idea, la finalidad moral; ¡como si la finalidad del médico no fuera curar, la del pintor pintar, la del ruiseñor cantar, como si la finalidad del Arte no fuera lo Bello ante todo!

Se acusa de sensualidad a los escultores que representan mujeres de verdad, con pechos que pueden dar leche y caderas que pueden concebir. Pero si, al contrario, hicieran ropajes rellenos de algodón y figuras lisas como postes, los llamarían idealistas, espiritualistas. ¡Ah, sí!, es cierto: descuida la forma, dirían; ¡pero es un pensador! Y los burgueses, entonces, venga a dar voces y a forzarse a admirar lo que les aburre. Es fácil, con una jerga convenida, con dos o tres ideas en boga, hacerse pasar por un escritor socialista, humanitario, renovador y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos. Ésa es la manía actual; se avergüenzan del propio oficio. Hacer simplemente versos, escribir una novela, tallar mármol, ¡ni hablar! Eso valía antiguamente, cuando no teníamos la misión social del poeta. Ahora cada obra ha de tener su significado moral, su enseñanza graduada; hay que darle un alcance filosófico a un soneto, es preciso que un drama dé palmetazos a los monarcas y una .acuarela debe moderar las costumbres. La picapleitería se cuela por doquier, la furia de discurrir, echar peroratas, defender; la musa se convierte en el pedestal de mil ambiciones. ¡Oh, pobre Olimpo! ¡Serían capaces de plantar en tu cima un campo de patatas! Y si sólo se metieran en esto los mediocres, se podría dejarles hacer. Pero la vanidad ha desterrado al orgullo, y ha establecido mil pequeñas codicias allá donde reinaba una amplia ambición. También los fuertes, los grandes, han pensado a su vez: ¿por qué no ha llegado ya mi día? ¿Por qué no agitar a esta multitud a todas horas, en vez de hacerla soñar más tarde? Entonces se han subido a la tribuna; han entrado en un periódico y ahí están, apoyando con su nombre inmortal teorías efímeras. Se esfuerzan por derribar a un ministro que caerá sin ellos, cuando podrían, con un solo verso satírico, atar a su nombre una ilustración de oprobio. ¡Se ocupan de impuestos, aduanas, leyes, de paz y de guerra! Pero ¡qué pequeño es todo eso! ¡Cómo pasa! ¡Qué falso y relativo es! Y se animan con todas estas miserias; gritan contra todos los tramposos; se entusiasman con todas las buenas acciones comunes; se apiadan de cada inocente muerto, de cada perro atropellado, como si hubieran venido al mundo para eso. Es más hermoso, me parece, ir a varios siglos de distancia a hacer latir el corazón de las generaciones y llenarlo de alegrías puras. ¿Quién dirá cuántos divinos estremecimientos ha causado Homero, cuántos lloros ha transformado el buen Horacio en una sonrisa? Sólo en lo que a mí respecta, siento agradecimiento hacia Plutarco debido a esas tardes que me dio en el colegio, llenas de ardores belicosos, como si entonces hubiera llevado en mi alma el ímpetu de dos ejércitos.

No sé si todo esto es legible; escribo demasiado aprisa.

Adiós, amor querido. No hay forma de darte la menor sorpresa. Quería regalarte un cinturón turco, y lo pides antes de que yo lo reciba. ¿Cómo podías imaginar que no se me había ocurrido? Mil besos. Gracias por los autógrafos. No es que sea coleccionista, pero todo lo que te concierne me interesa.