domingo, septiembre 18, 2005

El Complot (Fragmento)



Alfadil Ediciones, Caracas, 2002)


…Estás pegado a sus espaldas, cabalgas la parrilla de la moto, ella suelta las palabras y discriminas sólo las que te interesan. Van a armar un comando, no es un propósito político, es una tarea de salvación nacional. La gente se vive salvando a sí misma, tú ves a los alcohólicos, a los fumadores o a los consumidores de cocaína, en ocasiones, cuando tocan fondo, dicen que van a dejar el vicio, que se irán lejos o harán una nueva vida. Otros se meten en grupos donde se salvan mutuamente. Ustedes eran un grupo. Dos. Un comando anónimo. Lo discutiste con ella, eran matones anónimos. No importa para quién se mate, siempre se quita una vida. La patria, la revolución, el cartel, la banda, un trozo de pan; no importa, has privado a alguien de su más cara pertenencia, la única. Todos tienen planes y vidas y de pronto llega la patria, la revolución o las ansias de un crackero y mandan eso al carajo. Te quitan tu recuerdo, te quitan tu presente, te quitan la esperanza. Estás moralizando, no te gusta la moralina, tú tienes tu vida y tu vida por delante es llevarte otras. Pero es que todos están en la carretera, al medio de un camino, todos evitan que pase cualquiera y te atropelle. Nada te defiende, ni Estado, ni instituciones, ni organismos internacionales o cartas garantes de derechos, igual te pasan con toda su mala leche, te arrebatan casa, profesión, futuro; cualquier día, luego de haber escapado de los hombres, te ves una mancha allí, justo debajo de la tetilla, es una sombra ingenua que ha largado cientos de células enfermas a los nódulos linfáticos, has implotado, el cáncer es una implosión y ya, se acabó el futuro, los planes, los asuntos pendientes, las realizaciones por venir, estás jodido. ¿Quién te ha jodido entonces? ¿Un terrorista que ha puesto C-4 en un carro bomba? ¿Un hombre que desea tu reloj pulsera o la billetera? No, escapas a ellos y a los llamados de la patria, de Dios y de las revoluciones, igual te la quitan pero debes salvarla, debes luchar, es una orden sembrada en los genes. Una orden ilógica. Un absurdo. Echar mano a una espada de filo luminoso y dejarla caer sobre el vientre, hundirla, tomar un arma y abrirse un piercing en el cielo de la boca, acabar antes uno mismo por la propia mano, es coherente. Debes vivir, plegarte a la espalda de Lourdes y vivir, llegar a Trinidad, dejar que entren por las fosas nasales chorros de aire, que se te revienten los pulmones de aire y yodo. Ya no te sostienes con las manos a la parrilla de la moto, te pliegas al cuerpo de la conductora, eres uno con ella, tus brazos caen mientras cruzan caminos de tierra, la abrazas, la hueles, huele bien, ha sudado, su pelo huele a humo, a paja, la abrazas y dejas caer tu cara sobre su cuello, cierras los ojos y recuerdas a Sonia. ¿Quién fue? Te cansaste de preguntárselo a ellas mismas. Vivían allí en esas casas, , vivían sin temores, liberadas. ¿Y quién eres tú? Carla tenía ese olor extraño, ese metal desconocido, el ámbar metálico en la piel, en su aliento, allí con ella, generosa de tetas aureoladas por pezones grandes y erectos, tu boca sabía a eso, a ella. ¿Quién era? Y te respondió con otra pregunta ¿Qué soy? Qué era Carla, Sonia, Olga. Qué eran ellas y cuál tu casa, ella sigue en la baranda, verde carne, pelo verde soñando en la mar amarga, en su casa, en esa casa derruida le hacen resistencia a la brisa, a la arena, a la sal y de noche vienen y me provoca decirles. ¿No ves la herida que tengo, desde el pecho hasta la garganta? Carla lo sabe y piensa que estás muerto, estoy entre sombras y sus abrazos dolorosos te hacen moretones y ella sabe a eso, cuando la besas. ¿Qué es? No volverás a verlas. ¿Qué es? Un carámbano de luna la sostiene sobre el agua, negro pelo, cara fresca y tú enredado en tu niña amarga. ¿Dónde está, dime? Delante de ti, te pliegas, han atravesado varios barrios, se detienen en una gasolinera, bajamos de la moto; Lourdes va hacia la tienda, tú la ves sacar el arma de su chaqueta, amenaza a los hombres que están detrás del mostrador, les pide que le abran la caja, toma de las vitrinas enlatados y refrescos, debes hacer algo, te dices, el bombero que los surte se ha dado cuenta, el bombero que está en la isla siguiente intenta correr y dar aviso y le dices que se quede quieto porque si desenfundas los matas allí mismo, no vas a tener contemplación y que las putas de sus hermanas y la gran puta que lo parió van a tener que ir de puerta en puerta para pagar sus entierros, que se queden tranquilos. Lourdes se mueve y empuja a un uniformado que está en la parte de afuera, junto a la máquina de refrescos, el tipo cae de bruces, ella sale sin darse vuelta, sacas la manguera del tanque de gasolina de la Vespa y la enciendes, atrás, gritas, ni un movimiento o se van para la morgue, les gritas. Lourdes se llega hacia ti y te lanza un objeto que resplandece en el reflejo de esa tarde que comienza y se hace resolana sobre el mundo, es una escopeta cañón recortado, la atrapas, mueves el carro y la cargas, te lanzas sobre la parrilla de la moto y sin sostenerte a nada te pliegas sobre la espalda de Lourdes, ella es Atlas y te sostiene, cruzan los caminos de tierra, apartan a los perros a patadas, los chivos inoportunos, los niños que van con el boruto afuera. Entrompan una calle y corren sobre el pavimento, por inercia apuntas a un hombre que conduce una camioneta ranchera, le gritas que se pare, le pones el cañón en la cara, el hombre frena, si no me dejas ver tus manos te dejo sin rostro, vuelves a gritar, se bajan de la moto y sacan a empujones al hombre, tenía un 44 al lado, coño, te ríes, la sacamos doble, poco a poco van siendo un ejército, antes de arrancar, esta vez eres tú quien conduce, disparas hacia el tanque de gasolina de la Vespa, dejas que chirríen los cauchos, parece que hubiera explotado el sol en la cara de todos, era el infierno a media tarde, por más que te alejaras, por más que subieras los vidrios, sentías calor, estaba adentro, bajo la piel. Desde la calle angosta cruzan hacia una avenida, deben ir por el malecón, hacer lentos el camino, salir del pueblo y coger carretera. Lo haces y Lourdes se acerca a ti, se aprieta a ti, hay en sus ojos verdes y oscuros un brillo, sonríe y te da un beso en la mejilla, muy cerca de la boca.


® Israel Centeno