miércoles, septiembre 13, 2006

Día de abulia- intentando tomarle fotos a la luna-


intento fallido by ice

A veces sucede. Me sumo en un estado crepuscular y me entrego a meditaciones erráticas. Hoy, muy temprano, luego de pasar la noche mirando un punto fijo e inexistente en el techo, me vino a buscar mi hermano, lo esperaba con aprehensión desde el mismo momento en que me comprometí con él a ir a Chuspita, un lugar en Barlovento. Ya tenía dos noches sin dormir y cuando iba a remontar la tercera, no sólo me abatió la vigilia irritante sino la expectativa de un viaje que no quería realizar.
No sucedió nada, no sé si estoy de vuelta. He vivido este día narrado por mi conciencia. Como ustedes saben, el relato de la conciencia es trepidante, es un discurso saturado de ruidos, de ambigüedades y conflictos. E igualmente, es un discurso vacío. Es una forma muy complicada de narrar.
Hace unas semanas me sentía zombi en Araya. El discurso zombi va despojado de conciencia, nada cruje, no hay hoguera crepitante ni helada vapuleando en un bosque de eucaliptos. Tampoco hay quietud; hay basura, cieno.
Este viaje, el que hice con mi hermano hace muy poco, estuvo signado por ambos estados, el desorden de los pensamientos y la carencia de una imagen. ¿Cómo lo habrá tomado mi hermano? Espero que no haya llegado a su casa levantando el teléfono y alertando a mamá sobre la posibilidad de que yo esté bebiendo demasiado o abusando de las drogas.
He vuelto a mi casa y me he sentado en la mecedora, al lado de la chiflera, a contemplar el lomo de mis libros, a sufrir el calor agobiante que precede a las tempestades en el trópico. Hoy no quiero saber nada de militares mandones ni del cinismo de Hugo rey. Le deseo de corazón que se contamine con la radioactividad de la revolución islámica, que le salga barba de talibán y que el pelo le crezca tan lacio y ario como el de su carnal Mahmud Ahmadinejad; que en verdad el mundo le crea que ha reducido la pobreza en un cincuenta por ciento, a pesar de que las cifras arrojadas por uno de sus periódicos, Ultimas Noticias, sobre el incremento en las calles del cincuenta por ciento de niños menores de quince años, lo desmientan; espero que lo invistan de pájaro rojo, serpiente emplumada o zamuro rey y que vaya con su capa de súper Mesías a liberar al pueblo mexicano del fraude electoral; que se quede fuera defaciendo entuertos y arbitrando sobre todo el mundo; que vaya a arriar la bandera del imperio en la Luna y a borrar las huellas de la planta insolente de Neil Armstrong; y que luego incansable y audaz, desactive las sondas que viajan a Saturno: ¡más lejos Hugo! siempre puedes llegar más lejos, de planeta en planeta con tu canción de futuro.
En verdad quiero tratar de recordar la mañana que ha pasado, el viaje junto a mi hermano, las conversaciones que sostuvimos. Estoy harto de la grandilocuencia y del gen bolivariano que corre por las venas de cada uno de los paupérrimos habitantes de esta tierra de libertadores. En ocasiones, cuando truenan los clarines de la libertad, me recrea la falta de elementos interesantes para estructurar un relato que nos hable de la vida de Juan Sebastián Bach, tuvo muchos hijos, era creyente, tocaba el órgano en el coro de una iglesia y compuso cantatas, misas, sinfonías y su modesta tocata y fuga; no más.






Nota aparte,
he estado preparando el taller sobre Julio Cortazar, leía el cuento Queremos tanto a Glenda. En verdad cada época da para una lectura distinta y llega el momento en que uno sólo debería releer. Es un relato lúcido que desentraña las claves del estalinismo. No, no es una ironía. Al principio creí que en mi estado yo me inducía una broma, un desbarre, una visión subjetiva; pero al pasar de una línea a otra tras las aventuras del grupo que amaba tanto a Glenda Jackson y por ello decide apropiarse de su obra para corregirla, purgarla de imperfecciones y de detalles que a criterio de la logia no deberían haberse filmado; comencé a hacer las sinapsis, una dendrita se unía a la otra y voilà: la adulteración del mito.
Luego, como he tenido un día tan extraño, lleno de cruces de caminos, haciendo itinerarios desde la vigilia hacia la más estúpida aquiescencia, recordé que me han dicho que Nohely Arteaga es una lectora voraz, y no se por qué se me ocurrió que existe un grupo perverso que la quiere tanto, como aquellos locos en París, a Glenda.

Qué día tan raro.