jueves, septiembre 14, 2006

Libreros

De un tiempo a esta parte he cambiado el color de los marcadores con los que corrijo y tacho. Uso el verde, el naranja y el rojo; así tengo mis manos, llenas de trazos como un tigre sicodélico. En estos días me ha tocado moverme entre el follaje de mi biblioteca; por Dios, qué imagen tan arbitraria, pero no haré nada, la voy a dejar; es más, continuaré con ella, en el follaje de mi biblioteca y manejando una crisis de insomnio, ahora tenue, me he ido desplazando y descubriendo que nada está por descubrirse, o que todos está descubierto y oculto en los volúmenes de los libros.

Me gusta estar entre libros. Fui librero por pocos meses, un año quizá, un librero solitario de una tienda virtual. Fueron momentos felices, me pasaba el tiempo en Mata de Coco, entre anaqueles y detrás de mi tenía una ventana majestuosa o un cuadro vivo del Ávila. No me asisten bajos sentimientos, a veces me asustan algunos, pero hace mucho que me guardo de los excesos del amor (Será). Decía esto porque me imaginaba una torre de marfil. Todos deberíamos pasar una temporada en una torre de marfil, habitados por nuestras ficciones y asombrados por los universos entramados que se descubren en las horas de insidiosa lectura; liberados de las tentaciones de alterar el curso de la historia; protegidos de las seducciones del titanismo tropical. No sé por qué se ha estigmatizado con saña este ejercicio de recogimiento. (¿A veces no les molesta sentirse que forman parte de un grupo de tertulianos de un programa del corazón de Antena 3?) Es aconsejable estar entre libros esperando mejores tiempos para el amor y para el odio, las dos fuerzas que, junto a sus matices y adyacencias, mueven al mundo; y vivir todas las vidas posibles y morir todas las muertes en los otros que escribieron antes; de eso debe saber mi amigo Roger Michelena, un monje epicúreo, un goliardo que no se priva de nada y que acontece con la pausa que le otorga asumir su trabajo como una de las bellas artes; un arte profano y hedonista.


Nota aparte.
Leía en el diccionario de monstruos de Máximo Izzi la siguiente sentencia:

El licántropo, por tanto es un desarraigado, un rechazado, un excluido, pero no un vencido. Esta frase me recordó otra sentencia leída en El viejo y el mar, un hombre pude ser destruido pero no derrotado. Amigo Urriola, use los canales adecuados para que se entere de estas lecturas, la diva que lee; a ver si comienza a actuar la quinta columna.