jueves, mayo 31, 2007

Cuando la verdad no incluye


Por un instante Desirée Santos Amaral me engañó, la vi desencajada e histriónica, creí que la asambleísta trataba de reivindicar a La Rochela, programa cómico, hoy fuera del aire por un ineluctable capricho revolucionario. Incluso como hipócritas los voceros de la revolución bolivariana desvirtúan a la parodia. Desiré Santos Amaral, adusta y conservadora, ahora en el poder, en nombre de la moral revolucionaria, hizo un llamado a la paz sólo unos días después de que su líder, el hombre poseedor de la verdad, se ofreciera comandar la violencia revolucionaria en contra “los otros” que se expresaban distintos a su voluntad. La diputada a la asamblea nacional, cuestionada en su legitimidad, (aún nadie sabe con cuantos votos fueron elegidos los diputados de esta asamblea sumisa) condena a los estudiantes por manifestarse y hace un llamado a las madres, que cada fin de semana cuentan a sus hijos entre las víctimas que cobra el hampa en las calle del país, para que protejan a sus hijos de la política. Vaya...
Un joven que no suscriba las ideas del “proceso” inmediatamente es segregado, se le despoja de los derechos a manifestar y a hacer política. Si estos muchachos vistieran “Lacoste” (en el caso de ser de la boligarquía) u Ovejitas rojas (en caso de ser “del pueblo”), repitieran la cartilla de Hugo rey y estuviesen inscritos en el PSUV, con seguridad serían ponderados hasta la exageración y elevados al podio de los grandes luchadores sociales. Pero no, estos son discordantes, estos hablan de derechos civiles y no de revolución y humanismo. Defienden derechos concretos y no las abstracciones de un déspota y no quieren que se les nombre como la masa. Malo. Malo.
Hace años, muchos de los que hoy cumplen su papel de comisarios o cortesanos del presidente absolutista, tenían en el pasillo de humanidades de la Universidad Central la sede de sus organizaciones políticas, algunas eran fachadas de partidos clandestinos que creían en la lucha armada, en la violencia como partera de esta “nueva” sociedad que hoy le administran, con ineptitud y subordinación supina, a Hugo rey. Todo valía, las cajas sonoras, las bombas molotov, la fabricación de niples, la quema de autobuses, el saqueo semanal a La Toyota de Las Tres Gracias, cubrirse el rostro, recoger firmas y pronunciarse a favor de alzamientos militares, golpes y liderazgos guerrilleros. Aquello no era vandalismo, eran acciones revolucionarias. En realidad, no es cuestionable, es deseable una juventud rebelde y crítica al poder y no una juventud sumisa que va a hacer salemas al balcón del presidente, eunuca, cultora de la personalidad, que baja la cerviz al caudillo y extiende la mano. Llama la atención que mientras aquellos, los hoy funcionarios del Versalles miraflorino, trataban de tomar o incendiar el cielo por asalto movidos por el ánimo de hacer posibles utopías “redentoras” y totalitarias, los jóvenes que se expresan en estas ultimas semanas reivindican el pensamiento civilista y moderno de la generación del 28, o de las luchas por los derechos civiles libradas en el mundo en los años sesenta. Y hoy aquellos, los mayordomos del rey, se reivindican y reivindican a quienes con uniforme rojo, responden a la incitación al crimen que se hace desde palacio. Y por el contrario, criminalizan a quienes les toca por simple y natural razón de relevo generacional, pensar diferente, ser contestatarios, asumir las responsabilidades del cambio, generar un hito trascendente, porque si no he entendido mal, ha nacido un nuevo liderazgo, nuevas voces, nuevas propuestas que sepultarán (ojo, es metáfora) al último caudillo y dejarán en el pasado a las voces tiranofílicas que le han servido de claque y aún se regodean, trajeados con la moral bolivariana, en un pasado cada vez más desleído de ex dirigentes estudiantiles.
Hugo rey y las instituciones que le sirven, han sido registrados por la historia, la historia son hechos y acciones, consecuencias; ellos han pretendido distorsionar y desvirtuar el pasado y el presente, manipular en nombre de la verdad que los asiste, y necesariamente la verdad y la revolución excluyen, convierten a los libertarios en segregacionistas, en una elite redentora que despoja de sus derechos a los hombres y mujeres que no comulguen con el sentido verdadero, nacional, socialista del proceso bolivariano.
En 1935 los nazis, en nombre de la verdad racial y de la superioridad de sus ideales promulgaron leyes para quitarle la ciudadanía a los judíos alemanes, convertirlos en parias y suprimirlos; antes los bolcheviques se hicieron cargo de la verdad proletaria, exterminaron y confinaron a millones en los Gulags; más tarde haría lo propio Mao Tse Tung al encender los motores de una revolución cultural; en Suráfrica la verdad que hizo superior a la raza blanca estableció un régimen de apartheid. Acá, en el presente, hay dos Venezuela, una segrega a otra. Una tiene derecho a manifestar, asaltar las sedes de las instituciones que consideran enemigas, a organizarse en un partido político, a cambiar los símbolos de la nación, a elegir por siempre a un mismo presidente, a celebrar sus golpes de estado y a criminalizar y castigar a la otra, a la que se niega a rendir culto a la personalidad, a la verticalidad militarista y a recitar un pensamiento único, acrítico.
Con humildad, saludo a esta generación de jóvenes que manifiesta por las calles del país, sobre ellos caerá la responsabilidad de romper la dicotomía maldita entre civilización y barbarie y trascender la polarización utilizada hasta la náusea por los montoneros, caudillos y demagogos.