martes, agosto 05, 2008

Húmedo castigo

Alli cerca, donde le gusta, superficial y en el centro, al roce en el centro, acariciaba, primero con sutileza y timidez y luego presionaba con avaricia, lo acomodaba a la anatomía resguardada por el diminuto sayo, rozaba con todo su gusto: ¿te gusta? Me gusta. Le gusta y de esa manera le gusta a ambos y comenzamos a bordear temblorosos los abismos y la nada, hubo temblor y fortaleza en la pugna y la contención, ella estaba arriba, en loto, en lirio, en orquídea; cascada e inercia, rostro transido e inexpugnable, ensimismado y egoísta, concentrado en la pérdida de sus nociones cotidianas, ilusión de muerte y de vida, el grito represado hasta los límites del aluvión, apenas entraba, y lo hacía a muerte; volvía empapado y con la sensación de haber sido decapitado en el descenso. Se dio vuelta, cayó sobre sus espaldas como si se abandonara sobre un lecho de agujas de pino, lo elevaste a tu altar, a la potestad y al trono, otorgaste el privilegio y volvimos a concentrarnos en el círculo, en las delimitaciones del jugar, no siempre podía mantenerme a flote, al ras de la marejadilla de los velos carnales del sayón y caía al aljibe, un aljibe estrecho y profundo, un aljibe con paredes vivas y degollinas convulsivas, cepos, tormento y fuego. Cuando el sopor sofocaba, el aljibe lanzaba afuera al cautivo, entonces, al sentirnos desbocados prensábamos con los tensos antebrazos las bridas de las bestias hasta rompernos las comisuras de los labios, nos conteníamos. Paciencia, venimos a aprender a tener paciencia, la vida es larga, paciencia, y el orgasmo intenso, el fogonazo de las yesca en la cámara de un mosquete, paciencia, el abrazo de las piernas y la imposición, penetra, cae de nuevo y de cabeza, se golpea al fondo vivo del foso. Ella apresa una, dos, tres veces, luego hay un punto de no retorno. La inminencia, los genios convulsos, la enajenación absoluta, pasmosa y obligante al rendimiento. Suéltala. La yesca ha encendido a la pólvora en la cámara del mosquete y bajan las lenguaradas del fuego por el cañón, el plomo derretido, el magma de los alquimistas. Al instante una mano poderosa detiene a la fatalidad y la remece como si fuera una rama gruesa e abedul; cuando la mano es poderosa no guarda forma ni tiene contemplación, poderosa y tirana exige la rabia y la traduce en cuatro, en cinco en seis latigazos hacia el ombligo, las compañeras y sus auroleadas voluptuosidades, el naciente mentón. Gestualiza la exigencia: recoge el desastre, bésame toda y trae tus besos a mis labios. Ante la orden, tierna resignación. La oveja luego del matadero deja de ser conducida porque negar es más fuerte y tras la muerte viene la resurrección, la voluntad del deseo y el juego. El rigor de los talones enemigos acicatean sin pausa el lugar donde descansan los riñones. Si, si; el juego está a punto de comenzar, el estómago arde y el corazón da un vuelco. Despierto hundido en mi lecho de enfermo, me estoy un rato con la mirada fija al techo, hundido, tan solo e insomne: un cautivo arrojado sin remisión, al fondo, muy al fondo de su aljibe.