domingo, noviembre 22, 2009

Neftalí entre el karma y el dharma





Israel Centeno

Ya se había cerrado la puerta de La Gata y Darío buscó un quicio orillado a la calle, allí estaba sentado Neftalí con una botella de aguardiente translúcido a medio llenar, las arrugas de su frente, la cara perdigonada por las cicatrices de un agresivo acné y el rasguño de un navajazo -una cortada en forma de equis -, hacían un juego de muecas. Sin saludarlo, Darío se acomodó a un lado y miró hacia el foco quemado de un poste, la oscuridad caía y sólo los faros de las motos se rezagaban como olas sobre el océano mal pavimentado de la calle. Desde algunas ventanas se escuchaban murmullos, músicas confusas y las erráticas voces siguiendo con bajo desespero las letras de las canciónes.

- Y no me quiere en su casa – dijo Darío.

- Así son los culos, por eso yo no tengo casa.- Tomó un trago de la botella y se la ofreció a su interlocutor. Al lado, sobre un papel marrón, tenía trozos de queso blanco, cortados con simetría impecable.- tuve una buena semana, papá.

- Ya gastaste todo en las taguaras de La Casanova – soltó Darío aceptando el trago.

- Poca rumba, papá. Hice una inversión.

- ¿Vas a mover la bolsa en San Pastor?

- Algo para eso, pero esto fue una cosa importante – le brillaron los ojos luego de empinarse la botella, se enjugó la boca y carraspeó con fuerza.

La Gata abrió la ventana y asomó medio cuerpo cuando pasó la moto de Ricardito, Mojón de Goma.

- La puta reconoce su moto entre todas las otras motos – aceptó de nuevo la botella de Neftalí, luego de beber se le quebró la voz y sacó de su bolsillo una cebollita – está buenísimo, date sólo una llave, que tiene poco corte.

Neftalí sacó de su bolsillo una llave, abrió el pequeño envoltorio de plástico y con agilidad encarriló un poco de polvo, se lo llevó a la nariz y aspiró como un trompetista antes de largar la primera nota.

- Invertí el dinero en una cosa buena.

Darío pensaba en La Gata, en la moto que se le había incendiado en La Planicie y en toda su vida reciente.

- Neftalí, tienes el güebo piche pana, deja de hablar pendejadas, no hay cosas buenas.

- Eso dicen.

- ¿En verdad te vas a meter a mover la bolsa en san Pastor con Valdemar?

- Metí una fuerza allí, lo suficiente. - Se llevó la llave a la nariz e hizo una profunda aspiración, era un resoplido invertido – está buena, es de las mías, seguro. –Hizo una pausa, ninguno de los dos hombres habló y se comenzaban a escuchar las mandíbulas tronar – Uno tiene que compensar, esa es la palabra, Darío, uno no compensa con La Gata ni con ninguna otra plancha de zinc, por más buenas que estén, solo detienen tu pensamiento un segundo y vuelven algunas imágenes. Esas cosas, los errores ¿has matado a alguien por error? -No lo dejó contestar. -Uno tiene que compensar.

- El buenas noches te puso a filosofar y suena a habladera de paja, toda filosofía es eso. Yo soy práctico.

La noche caía oscura desde los postes, los sonidos se volvían estruendosos, un intercambio de balas en La Cruz, algo más explosivo en La Plana, la oscuridad descendía desde los postes de alumbrado y las motos bajaban o subían por la calle, sin luz.

- Es la hora de las motos fantasmas.

- Yo invertí mi dinero.

- Para qué. ¿Te ves viejo, Neftalí, cobrando esas utilidades?

- Para compensar.

- No entiendo.

- Le compré una enciclopedia a la vieja. Una enciclopedia británica. En inglés.

- Sigo sin entender.

- Uno comete errores, loco, vi una enciclopedia así en el apartamento que limpiamos hace una semana. A veces matas a alguien por error. Todo muerto tiene su costo.

Ambos se miraron a través de la oscuridad, Neftalí barrió, del papel del quicio, con el dorso de la mano , los trozos de queso picados con simetría perfecta, los pateó. La Gata cerró las dos alas de su ventana con un golpe que se confundió con dos detonaciones y desde algún lugar alguien largaba una mentaba la madre.

El grito:

“¡Cadena de este loco, cadena de nuevo! ¿Es que el marico presidente no me va a dejar ver este final Caracas Magallanes?”

Los dos hombres, al borde de la calle, abrían otra botella, dejaron de hablar, un aire fresco bajaba desde La Felicia, las palabras fueron sustituidas por el estallido de sus mandíbulas, se trababan y destrababan en un juego de sonidos interiores. Y desde ese quiebre articular de la mandíbula de Darío surgió la pregunta:

- Pero Neftalí, tu vieja no sabe leer. No sabe un coño de inglés. ¿de qué inversión hablas? Pana, te soyaste.


Silencio.


-Aquella vieja leía, y seguramente leía esos idiomas yanquis.