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jueves, septiembre 13, 2007

Oda al río precolombino y comunal

Escafandra
roja
a dónde vas

Voy de mierdas
por allí


Flota una lavadora, el marco de una ventana, el tinglado y sobre una columnata de yeso, una armazón o una batea, hace equilibrio entre maullidos y temblores un cachorro de gato; se precipita junto a la propiedad privada, un televisor, una maleta, retratos de familias o una pared desquiciada; naufragio mi querido capitán.

Tiene el color de la difteria el río nuestro y es cobarde y retorcido, de verbo turbulento y presidencial. Es la promesa, un establo líquido y corriente.

Por sus riberas, paseos desconocidos para los más apurados, hombres y mujeres se cobijan bajo árboles silvestres o entramados de concreto, lanzan redes o cagan, a veces hacen el amor y se pasan por el culo las suaves caricias de una brisa automotor. Son dichosos y salvajes, promisorios e indigentes.

Hace nada el comandante comunero hizo un milagro, caminó bajo las aguas del rio, multiplicó las escafandras rojas y junto a sus apóstoles sometió al caudal. Desde entonces los hombres de escafandras convierten el agua turbia en vino, se embriagan y hablan lenguas. Otros comuneros han aprendido que ese pantano torrentoso es el mejor lugar para comer embutidos, tomar café con leche, reinventar teorías y sobar viejos resentimientos; sobre sus taludes juegan futbol asimétrico e intentan anclar ligeros hornos de esmaltes, construyen dársenas móviles, elevan globos aerostáticos y se maquillan las caries.

El país se ha mudado, se ha ido largo a esas diversas geografías.

Tercer día de Cuaresma

  Memento Mori Israel Centeno Si solo das cuenta del afán y los éxitos, darás cuenta del costo. No hay victoria sin precio, ni altar sin fue...