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viernes, abril 10, 2015

Líneas de expresión.

Una de las cosas que aprendes a hacer con el tiempo es contar tus bendiciones. Bueno, no es un término muy usado en nuestros contextos, le aseguró Manuela a Yajaira mientras posaba para tomarse un selfie. La tarde caía llena de polvo y calor sobre las mesas de la terraza donde ambas estaban sentadas tomando café  y galletitas. ¿ Lo recuerdas? Sonrió, pasó la lengua por su labio superior y contuvo las ganas de morderlo, están salados, recordó que Alberto le había dicho luego de retirar su boca de ellos, que sus labios sabían a papás fritas ¿ a quién se le ocurre hacer esas comparaciones? No son nada románticas. El café que se encuentra es infame, y las galletas del día anterior. Él la asaltaba justo cuando dejaba de comer algo,  saben a esto y a jugo de naranja y vodka, a esto, a esto y deslizaba su mano debajo del pantalón. ¿ A quién? A él, Yajaira sonrió, dejó marcar el tiempo, se acomodó una arruga detrás de otra en tornosus ojos, había envejecido mucho desde aquellos tiempos , debería haber olvidado, esos asuntos se olvidan, pensó Manuela, dejó sonar sus pulseras de plata.  A Alberto lo vi en su cuenta Instagram, se tomó unas fotos en Florencia hace unos días, ha cambiado mucho. Yo en tu lugar no me le acercaría de nuevo. Y quién era Yajaira para hacerle advertencias sobre su pasado, ya te contaré de Yajaira, le dijo Alberto antes de decirle adiós que te vaya bien que te pise un carro y que te aplaste un tren. Saben a helado de vainilla, a café, a licor dulce, ella le cerro la boca con su dedo índice y anular, estaban húmedos ¿Almibar?  dijo y no lo perdonó que le mirara su anillo de matrimonio mientras lo lamía. Todos envejecemos continuó diciendo Yajaira, limpiaba con la punta de su lengua la comisura de su boca, no la alteraba que Manuela  disimulara, se contuviera, disimula, mira las arrugas en los ojos de Yajaira, se vuelven a poner al día sobre los maridos, todos estamos más viejo, pero Alberto “luce” dañado,  lo dijo sin preocuparle que el “luce” sonara vulgar.  Es un cínico,  un arma blanca afilada. Recuerda. Él, saben a sangre. Ella, qué. Nada, se bajó del carro, con la camisa por fuera manchada de sangre. Manuela lo miró por el espejo retrovisor caminar hacia el suyo, un Toyota, estaba feliz aquela noche. Un beso de sangre es un pacto. Fue prudente, tenía intereses. Lo sé, pero ahora es un arma blanca que ha cortado a muerte, tiene sed ¿ Entiendes eso? Pacto es que te sepas quedar en el pasado, discreto. Se disparó otro selfie, no sé, a veces he tratado de recordarlo, pero sólo vienen escenas difusas. Nunca tuve un amante. Vi en su cuenta Isntagram. Rjagando una tarde de verano en Florencia. Lo he seguido por años. 

 

martes, febrero 23, 2010

Un tiempo sin esas cosas

Israel Centeno



- cuando veo una foto de mi infancia y pienso en ella, oh Dios, nace ese sentimiento contradictorio, la compasión "nadie debería sentrir compasión por eso, digamos que sientes ternura si te ves sentado sobre un felpudo, con un overol crema, sin camisa, abrazado a una pelota de goma

- tenías una cara grande y feliz; parecías un bebé feliz "a pesar de todo

- ese es el asunto, a pesar de todo, ¿un bebé sabe si es feliz o no? "claro papá ya no estaba, quién sabe, alguién debió haber estado detrás de la cámara, haciéndome guiños para que sonriera, aunque eso fue por El Conde o en Colinas de Bello Monte, incluso, aunque hubiese sido en Venezuela, digo, tenía semejanza con los niños del baby boom, pertenecía a la segunda generación alimentada por compotas; en ese entonces, decían que las cosas estaban violentas y no era así, tengo una pelota y río

- no tenías por qué no serlo " sin embargo, hay un gesto, casi imprecisable, tienes que ser perpiscaz .allí está la tristesa, los ojos brillan y ries como si estuvieses a punto de llorar

- ¿lo ves? No estaba papá " dicen que el viejo aún vive y goza de buena salud, ese gesto me lo ven sólo las mujeres, es raro, les da ternura y mis ojos se las comen, sólo lo ven las mujeres, las arroba, eso me ha dado una condición especial, compasión mutua, sabes mi infancia y las de ellas, sabes. Lo siento y deben sentirlo las mujeres; me son favorables, sus puertas se abren, los pensamientos del hastío a mitad de la tarde y sé entonces, la compasión por esas cosas, la sonrisa contenida, la mirada brillante, el gozo amenzado; todas esas cosas de niño aumentan mi virilidad en momentos cuando languidece el cuerpo,hermoso cuerpo contraído en sus espasmo, la juventud de Lola sobre mis espaldas me reduce siempre a una condición infantil

- ya ves,repetirán, los hombres son infantiles, hagas lo que hagas lo dirán "lo vi deprimido, se la pasa diciendo, mi infancia fue triste, me quieren por esa tristeza y habla de sus mujeres como si fuera un jeque árabe, dice siento compasión cuando veo esas fotos que trajo mi madre.

- ¿tu lo crees? ¿Hará algo en su contra? "el verano se ha extendido más allá de lo necesario, a los hombres de su condición los afecta de una manera particular, no tolera las resolanas y pasa la tarde incómodo, reincide en la obsesión; recordar a su padre, me ha ordenado que le haga seguimiento, que le monte vigilancia, lo conozco, mañana pedirá fotos y querrá estrechar la vigilancia, ordena, no ha cambiado y ni siquiera cae en cuenta de su precariedad, ordena poner un sistema de cámaras, grabarlo para atormentarse con los videos, no sabe parar e irá evolucionando de esa manera


- entonces no hay nada que podamos hacer " podríamos ser más deteminante, obligarlo, dejar de establecer esos diálogos interminables, dejarnos llevar cincuenta años atrás en el tiempo, yo no había nacido aun y comienzo a sentir nostalgia por las escenas recurrentes en su memoria; en definitiva, decidimos nosotros

- debemos hacerlo, ya todo está arreglado, es un bonito lugar, allí podrás descansar un poco, jugar con otras personas unas partidas de carta al atardecer, esperar la buena brisa de la tarde bajar del cerro, rodear el apamate y batirse frente a ese mural de los mosaicos donde se compadece La Coromoto "le dije, es solo una medida preventiva, no será nada agresivo, le prometí, sólo los medicamentos necesarios, unas, dos pastillas y una inyección antes de dormir, no más, no necesitas más, es un lugar de descanso, sin fotos y con la visita de mamá.

viernes, noviembre 06, 2009

La Gallina Jamaica


Cuando un novio de una de las hermanas de José llegaba a la calle, La Gallina saltaba sobre el capote del carro y comenzaba a cacarear. A Jamaica la llamaban La Gallina. Es extraño su nombre, Jamaica. Era una púber inquieta, y no sólo embestía a los novios de las hermanas de José si no que a todos los novios de las mujeres del barrio. Era flaca, siempre se echaba encima un vestido pobre, su culo parecía un balón y alzaba los vuelos posteriores al trapo permitiéndonos mirar el envés de la rodilla o recorrer sus muslos hasta el nacimiento de las nalgas. Qué nalgas tenía Jamaica.

En las tardes nos íbamos a pelear un todo contra todos en el salón de estar del edificio Roma. Luisito, José y yo, a veces iba Máximo; girábamos las manos, lazábamos patadas voladoras y hacíamos alarde de nuestras mejores llaves de lucha libre, o nos poníamos los guantes y tratábamos de fracturarnos el tabique de la nariz. Queríamos tener rostros de boxeadores. Luego, agotados nos lanzábamos a fumar en un rincón sobre el frío piso de granito y a mirar el techo. El novio de de Márgara se atrevió con La Gallina. Se estaba echando unos palos en el Bar Osiris y al salir, ella cacareaba sobre el capote de su carro. Y qué más, inquirió Luisito, ella movía la cola, esa inmensa cola, lo hace porque le sale ¿cómo es eso? No se aprende, viene, y el tipo le abrió la puerta del carro y se la llevó en su descapotable, cruzaron la avenida y se comieron los rayados. ¡Gallina, Gallina! Gritábamos todos y comenzábamos cacarear con las manos sofocando las entrepiernas.

Sofía nos daba besitos si le prometíamos ir a sus clases de catecismo, tienen que comulgar. Mi hermano era audaz y cuando la catequista venía del liceo de monjas de Santa Rosalía le decía, voy a comulgar y de inmediato le lanzaba los brazos a la cintura, la acompañaba al zaguán, levantaba las faldas del uniforme; ella se dejaba tocar debajo, arriba, entre las piernas ¿cómo es? Muy tibio, casi tan caliente como una fiebre, decía mi hermano, coño, dinos ¿y entonces? eso, contestó y se fue. Una tarde luego de leernos todo sobre los sacramentos, nos pasó a cada uno sus manos por el pelo, sentía una gran ternura, nunca nos lavábamos bien la cara y andábamos sudados de tanto jugar pelota; sin embargo ella puso su boca tibia, si coño, sobre nuestros labios y fueron calientes y húmedos los suyos ¿Probaste su lengua? la saliva es distinta en su lengua, es dulce, empalagosa ¿y qué? José se quedó pensando un rato, y resbaladiza. Comenzamos a amar la saliva de las mujeres a partir de los besos de Sofía.

Mi viejo me regaló un telescopio, le dije a Máximo, vamos a la azotea de mi casa a ver a la hermana de José, es Margara coño ¿Y qué? Ese carajo es una rata, el otro día le robó una pantaleta a Márgara y nos cobró dos bolívares por tocarla y un bolívar más si nos las dejaba un rato ; Luisito le dijo, quiero comprártela; no puedo guevón, se va a dar cuenta y me van a singar a palo. Pero ¡huélela, huélela ¡ -parecía un turco- y por dos bolívares más, una entrada al cine, tres tiques para el súper tobogán de Las Mercedes o un plato de espagueti Boloña en la Pizzería, la olimos todos. Olía distinto a cualquier prenda. A qué huele, coño, a qué huele: a almendras, mentira, huele a carne con pasas, pajúo, a bologna, es salado y dulce, una lágrima. Aún Aquel olor me acompaña cuando miro el techo en las noches pálidas por el desvelo.

Debajo del apartamento de Márgara vivían las tres Da Silva, cuando la hermana de José no salía a la terraza, metíamos el ojo por sus ventanas, y a veces las mirábamos en sostenes. Y el gordito medio calvo, el mariquinqui, su hermano ¿No nos querrá vender por un rato sus sostenes?

Han pasado los años y mi corazón no tiene una fibra sana, lo he sometido a todas las pasiones y ha regresado de esos laberintos escaldado y duro, como un veterano de una guerra cruel. Hace poco me encontré a La Gallina. Mejor dicho, la vi, ya me habían contado sobre sus cosas, el culo se le vino abajo junto a la picardía y la desfachatez. Se había metido a revolucionaria, se cubría con un hábito rojo, los íconos usuales de los rebeldes y una gorra de beisbolista. Recuerdo, cuando ella era La Gallina y todos los huevos de oro querían empollar en su nido; por aquella época, a la hora de más tránsito, pasaba siempre por la acera de la avenida una mujer cerrada de blanco, la adeca, le gritábamos ¡Adeca, adeca! Iba bien peinada, con el cabello muy teñido de negro, no existía un negro así, parecía una enfermera, ella daba un giro y solo nos miraba con furia.

La Gallina Jamaica tuvo una vida de excesos, avances y travesías, era famosa por sus deslealtades y oportunismos amorosos, nunca se metió en líos, la política era algo inaudito e improbable para su ruta de vuelo; pero la gente envejece, la mamá de José luego de las disipaciones sofocadas de aquellos tiempos, se metió a testigo de Jehová y ahora predica de puerta en puerta, y La Gallina Jamaica es una monja mística de la revolución, ha hecho votos de castidad; cambió su mirada de zorra la por la de una recalcitrante inquisidora y su lengua morada de esbirro se pasea fina por su pico abierto.

Las demás mujeres de la calle han ido envejeciendo con nosotros, hacemos maromas por mantener la dignidad y conservar las sensaciones, esa única parte del recuerdo presente y tangible, la que se queda contigo hasta el final de los días.

jueves, octubre 22, 2009

Clandestinidad


Si, recuerdo, se llamaba Tomás. Cuando nos mudamos se instaló en la escalera del bloque; se tendía a través; pesado e impertinente como una alcabala, silbaba o se comía las uñas, pedíamos permiso y él continuaba, ruye y ruye, luego escupía los pedacitos de uñas largando un ronquido de rata; no nos quedaba otra, brincar con una zancada para salvar el obstáculo y de inmediato él exclamaba con su cara renegrida por la arrogancia: mariquito. Lo dijo una vez, luego otra y pasé una noche sin dormir, sudaba y pensaba cosas, al día siguiente estaría allí, todos le tenían miedo a Tomás y él disfrutaba ese asunto. Era una rata y lo engordaba el miedo de los demás. Comerse las uñas, agarrar por el cuello a alguien con una llave doble Nelson hasta hacerlo proclamar la rendición, vanagloriarse, alardear mucho. Qué mierda, la vida no puede convertirse en eso, le dije a mi hermano, en un mariquito tras otro y luego en salvar con la cabeza gacha sus piernas tendidas como un tronco sobre la escalera. El tema se convierte en una pesadilla y te desvela.

Al margen de la vereda del bloque corría una quebrada embaulada en concreto, cuando llovía el agua y el barro bajaban con furia, arrastraban trastos de latón y madera, ramas de árboles caídos, me gustaba jugar con mi hermano, saltar charcos y empaparme, al recibir las ventoleras del torrencial me sentía libre como cualquiera en el mundo; sacudir los árboles pequeños o mirarle las teticas a Condesa, sus puntas como falanges rosas bajo la camisa calada por el aguacero me hacía respirar mucho y hondo, me curaba de las mudanzas y de los encierros y el asma se me iba por una semana. A veces pasábamos días en casa, sin salir, o íbamos de la casa a la escuela y de la escuela a la casa y en el apartamento jugábamos pelota de goma contra la pared, o contra un colchón para burlar las quejas de los vecinos. Así eran las cosas entonces, andar escondidos y movernos mucho por la ciudad.

Tomás seguía allí alardeando y yo con esas pesadillas, insomne. Comencé a enfermarme. Una Tarde todo fluyó como el barrizal de la quebrada, sólo tuve que plegar la pierna hasta el muslo y dejarla volver sobre la boca de Tomás, un reflejo, un acto elemental como un relámpago dio término a la pesadilla. Le saqué los dientes delanteros. Me encerré en casa satisfecho y con la boca amarga por la exaltación posterior. Pasaron dos días, sus padres nunca vinieron y yo no dije nada a los míos, eso significaría otra mudanza antes de terminar el año escolar.

A veces nos dejaban salir. Lo hicimos un sábado en la tarde; fuimos a la cancha de beisbol a calentar los brazos, Tomás estaba con la mano sobre la boca junto a la panda del bloque, eran muchos. Mi hermano y yo comenzamos a lanzarnos la pelota, cada vez lográbamos lanzamientos más largos, altos y perfectos; nos miraron e hicieron una dilatada rueda en torno a nuestro juego, lo sabía, siempre lo supe, había pasado en las otras partes; Tomás se desdibujó, nos animaron para armar un equipo y jugar un partido, así ha sido todo el tiempo.

Antes de mudarnos de nuevo, jugamos un par de veces más con la panda del bloque y ganamos.

martes, abril 29, 2008

Verano

Son diez mil pasos, eso dicen, diez mil trancadas al galope digo yo, es el vuelo a pecho con la cabeza tirada hacia adelante, al remate grita Dalila; una vuelta entre los sicomoros y las acacias, dos vueltas bajo los caobos y los apamates; las chicharras están que revientan, claman como profetas y mi cuerpo se empegosta envuelto por un turbión de polen; me agrede cada mañana, lo alivio devolviéndole las agresiones - es un toma y dame-; si me vas a joder encuentra obstáculos cabrón; un combate desleal; tiro diez mil zancadas más. La tabla periódica de química baja a chorros por mi piel , entonces los bronquios a punto de colapsar se expanden al máximo y me importa una mierda que la relojería se vuelva loca y haga cucú; la llovizna de luz entre el bosquecillo de las esculturas es amarilla y purpura; los culitos húmedos de las maratonistas que se preparan para ir a Nueva York despiden un aroma a vainilla y a corteza de cardón; el mareo y el goce, a pesar de la sal que expelen las corredoras, es más de montaña que de mar, de lugar basáltico y paramero, sin oxígeno y lleno de presagios; enredadas entre sí sobre la tierra seca por el verano se abrazan o estrangulan las raíces de los árboles más viejos y así mi fatiga se desprende a campo traviesa, un paso más y despierto.

sábado, abril 26, 2008

Calor

Y le dijo,

-Faltan dos horas

- Lo sé y ya no me asfixio

Y le dijo,

-Es cosa de darse cuenta, uno se pasa la vida buscando al agresor afuera, es cosa de darse cuenta

- Lo he superado

Y le pregunta,

-¿Qué, el miedo?

- No, siempre tengo miedo, de un tiempo a esta parte siento pánico ¿Sabes de lo que se trata?

Y le contesta

-Es un absurdo

- Se dispara

- Como un fogonazo en algún lugar. Me dice Ana que ella lo siente en la piel, luego el mundo se le viene encima. La muerte, la locura. Tú sabes

- Yo siento una daga. La daga es un cuchillo de doble filo, lo sabes, Una daga fría me hiere, a veces caliente, es lo mismo, entra desde la parte posterior, atrás, abajo, donde finaliza el cuello, entra con precisión y sube hasta el centro; entonces sé que me voy a morir

Y afirma,

-Y no te mueres

- Algún día lo haré. Uno no se muere, a uno lo matan.

Y pregunta,

-¿Cómo es eso?

- Si no te mata otro, te mata tu cuerpo

Y dice,

-Es el enemigo,

Se encoge de hombros y pregunta,

-¿Quieres tomar algo? ¿Tequila?

Y dice,

-Dame algo seco

-Sólo tengo Tafil y unas líneas de coca

Y dice,

-¿No tienes una pastilla de regaliz?

- Por allí en la guantera debe quedar una, busca en el altar

Y pregunta,

¿Sigues adorando a estas figuras que armas en todas partes?

-Absolutamente

Y pregunta.

-¿Te hace bien?

- Ese no es el propósito, es otro. Me hace mal, algunas veces es intolerable resolver las contradicciones.

Y pregunta,

-¿Has adorado a alguien?

- Ya no

Y dice,

-la adoración es como el cuerpo

-¿Tu dices?

- Sí. Me gusta el sabor del regaliz

- ¿Has subido alto por la cresta de Cachimbo?

Y contesta

Hasta el final,

-Entonces puedes arriesgarte a todo

Y pregunta,

-¿No has sentido pánico cuando estás arriba?

- Claro, siempre que me siento en las piedras de cara al mar, algo, una sombra de nubes o de sol me llena de pánico, me tomo el pulso y me dejo caer de espaldas, como si me muriera allá arriba. Es lo mejor

Y afirma,

-Es como estar sobre un altar

- ¿Tu dices?

- Una vez tuve un accidente y me tendí sobre una de las piedras, llovía con truenos y relámpagos. Era como estar en un altar – Y pregunta – ¿Te has visto fuera del cuerpo?

- Cuándo hago el amor y soplo la pequeña aleta de tiburón

Y exclama,

-¡Qué imagen tan rara! – y pregunta -¿Siempre?

- No siempre, me acabo de recordar de algo

Y pregunta,

-¿De qué?

De un velero

Y dice.

-Es una figura fálica

Para nada, dije velero, piensa lento y acertarás siempre

-Ah no. Tus respuestas son rápidas –afirma-

-Pero mis procesos lentos

Y pregunta,

-¿Listo?

- Casi

Y dice

-Hoy habrá mucha humedad y mis ojos me pesan cuando hay humedad – pregunta – ¿Superaste el asunto?

- Siempre, no es nadie

Pregunta,

-¿No sientes remordimiento?

-imposible

Y pregunta

-¿Y ahora?

-Ya casi, falta calzar el peine

Y dice,

- Está por llegar

- Sólo calzar el peine

- ¿Le pusiste las trece balas?

- No

Y pregunta,

-¿Tienes idea del juego?

- ¿Acabar con la eternidad? Si no lo hacemos nosotros lo hará su cuerpo

Y dice,

No comprendo esta vaina.

Recoge las diminutas figuras del altar improvisado, las pone en un bolsillo de su saco y abre con violencia la puerta del auto

-Yo tampoco

martes, abril 08, 2008

Gracián y Prosperina




Gracián tenía dos plumas para escribir, una la mojaba en tinta azul, la dejaba correr sobre el papel amarillento y escabroso de pergamino donde anotaba sus ideas menos concluyentes; no alcanzaba a escribir un pliego, le disgustaba volver sobre el tintero; entonces, su pensamiento desfilaba al vuelo del elegante estilete negro, picado con destreza en sus partes blancas y señalado por indicios ambiguos sólo para dibujar verdades a medias. Mi trabajo es hermético, le dijo a Prosperina, el tiempo del arte no es el tiempo de los hombres, tampoco el de Dios respondió ella y le regaló una pluma Waterman dorada, precisa, de ajustado trazo y él alcanzaba a llenar con nervioso pulso una libreta verde de veinte páginas, para la posteridad, sonreía al pensarlo, no somos nada y nada nos contiene, cuán vanidosas peonzas, querida, miseria irrelevante, estas son las cosas que guardamos para escribirla en una línea difícil y sutil. Ella le dijo una tarde húmeda de invierno tropical, Gracián te quiero un poco más que a mi gato, toda una reina, sabía besar desprevenidamente; recordaron así un pasaje de Ricardo III, eran intensos, descuidados, frívolos pero intensos: la reina cautiva a veces, abeja reina sólo con los amantes. Qué forma de reír y consumirse en el orgullo de sus contiendas malcriadas, estamos hechos el uno para el otro: concederlo sería una derrota, la tuya o la mía. Gracián se ocultaba en sus despacho, el lugar donde guardaba con celo una Bereta 9 mm de trece tiros y su computador portátil, a veces entre un capitulo y otro de la novela que escribe abría un compartimiento de su pequeño escritorio y acariciaba la pistola, era una caricia voluptuosa que le recuerda, cada día lo hace una vez más, un determinado episodio del Decamerón, el señor mira inflamado de orgullo a su halcón dar vueltas en el cielo azul del mediodía italiano, Gracián vuelve la cara hacia la ventana y ve parte del cerro que lo sobrecoge, le hace pensar en un paisaje común a algunos países que extraña, en esos momentos decide doblegarse, qué importancia tiene hincar las rodillas sobre los abalorios de Prosperina, concederle todas las victorias en un mundo sin triunfos duraderos, el verdadero amor, es este, la abraza y recorre con la lengua sus pezones, lame sus muslos, sopla y sopla hasta derrumbar todas las fortalezas, lo pone al vuelo en el pergamino porque desea esconderlo del entendimiento profano, todo lo que conocemos se ha construido con traiciones Prosperina, la lealtad es contraria a la naturaleza humana, esas son frases tramposas, vuelve al pasaje del Decamerón, piensa en los Colonnas y en los Orsinis, Prosperina, Properina qué voy a hacer contigo, que vas a hacer conmigo: lealtad entre desleales a las sombras de los cipreses, la de Lucrecia y Cesare: el príncipe plagió las cartas a una dama de Florencia y se hizo pasar por ella, dicen, causó gran amargura a su hermana y le redituó celos y pasión, muy enfermo, muy torcido; darle la vuelta a un año, a dos años y sentir exactamente igual rehace la esperanza en el sinsentido; a Gracian le gustan las armas, las plumas y los animales de cetrería, a Prosperina ¿Qué le gusta a Prosperina?

lunes, marzo 10, 2008

El conflicto

¿Cómo lo expreso en español? Así, me dijo, fue típica la pregunta y la respuesta pudo ser demoledora, tenle misericordia a la dama, responde David, existen equivalentes más precisos. Rubén le da vuelta a las frases, te haces viejo y no encuentras a Dios ni a la bondad de las cosas, una justificación, los hitos de la juventud; escuchó a un personaje de una película recién vista, el personaje era modesto y sabio, en esas cosas pensaba Rubén y en Lutecia, no me dijo adiós, ni hizo la pregunta; qué va a pasar con nosotros, para ser honesto nunca tuve a flor de labios "siempre nos quedará París". Daniel sale del carro, sonríe, está loco, vainas del despecho, se cruza al automercado, deja al amigo frente al volante, sobre la acera, atrapando luciérnagas con la boca, detrás de una camioneta aplomada y brillante; entra al establecimiento, se desplaza, siente que es literal: se ha parado estático sobre una rampa y a él vienen las estanterías con las bolsitas de avena y los envases de sopa deshidratada, espárragos, cereales, pastas, es tan paupérrimo todo y excesivamente blanco, un lugar sobreexpuesto, similar a una morgue de uno de esos seriales CSI, le han dicho que hay leche por el lado de las harinas ¿Dónde? déjate llevar por estos laberintos disímiles y pobres. Un hombre va hacia la camioneta que está delante del auto donde espera Rubén, calvete, fornido, es de los tipos que van al gimnasio y escogen con meticulosidad la ropa que usan, se acerca a la ventanilla del acompañante del conductor, intercambia un par de frases con alguien, luego marcha hacia atrás, lleva las bolsas de las compras en sus manos, abre el vidrio de la compuerta trasera y pone dentro su carga, cierra y en vez de terminar de rodear su camioneta para abordarla se va hasta la ventana del carro de Rubén, él le sonríe. Oye, mi esposa me dijo que la chocaste, mira, señala el parachoques. Rubén abre y cierra los párpados repetidas veces, trata de ver la superficie negra de la defensa ¿Yo? ¿Está seguro? ¿No sería otro? El recalvete, con voz limpia, se empeñaba en la buena dicción, si fuiste tu, chico, eres un bruto. Algo tenía que ver la brutalidad en aquella situación, cierta y absurda. Si fui yo, me disculpo, no me di cuenta. Rubén detalla al hombre ¿Sabes una cosa? insiste el tipo, tengo ganas de meterte un coñazo; si no lo hubiese ganado la extrañeza del absurdo, Rubén hubiera paseado rapidamente los escenarios; ajá, tiene ganas de meterme un coñazo, hay tres opciones, me dejo dar el coñazo, abro la puerta, le doy en el pecho y lo hago caer de culo o lo ignoro, no somos bárbaros. Esto sin considerar otras variantes más dramáticas, como aquellas de que el tipo pudiera saber artes marciales; se le ocurrió pensar, luego de mirarle el cinto del pantalón, que no se puede ser tan irresponsablemente bravucón si no se tiene calzada una pistola; cómo no, adelante, dame el coñazo, le ofreció el rostro; sintió que toda la piel se le congelaba, su saliva burbujeaba y la garganta se le secó, pasó un segundo, dos, tres. Dame el coñazo pues. El tipo pequeño pero fornido dejó de estar reclinado contra la ventana del auto de Rubén, se incorporó y buscó recobrar cierto garbo, tocó con gestos rápidos sus antebrazos, vestía una camisa mangacortas a cuadro y comenzaba a transpirar; tu quieres que yo te de un coñazo, esas eran mis ganas ¿sabes? pero no te lo voy a dar, voy a dejar las vainas así; ¿ah, va dejar eso así? Rubén recordó a Lutecia, ella dejó aquello así, adujo razones vagas para no entrar en los detalles, ella lo había dejado desde hacía tiempo pero cuando le tocó encararlo se mantuvo ajena en inglés. Si la hubiese retado, si no se hubiera paralizado cuando le dijo, estoy ajena en su equivalente sajón, si no lo hubieran detenido las posibles consecuencias, no ser bárbaro cuando media un acto de barbarie es una tremenda bisagra, el amor es un acto de barbarie, el desamor de brutalidad, es inadecuada la compostura, al menos, si la hubiese increpado. Sabes una vaina, Rubén abrió la puerta del carro y se plantó sobre el pavimento de cara al furibundo retaco, se dió cuenta de que estaba viejo para la escena pero ya todo le importaba una mierda, venme a dar el coñazo, mamatuercas, hoy tu y yo nos vamos a matar a coñazos, y de verdad; el tipo reculó hacia su camioneta, mejor vuelves a tu carro, te lo advierto, es lo que te conviene. Rubén se le encimó; lo que me conviene un tornillo, chupacbales; la gente arremolinada sobre la acera comenzaba a exaltar los ánimos, Daniel se abrió paso entre ellos; qué sucede; nada respondió Rubén, sentía los ojos irritados y ganas de llorar, he curado mis desdichas ¿Cómo era Lutecia? Oblivious. Lo estoy. Estoy alcanzando la vaina. Siempre me quedará París, Londres, Praga o el coñísimo de la misma madre.

Tercer día de Cuaresma

  Memento Mori Israel Centeno Si solo das cuenta del afán y los éxitos, darás cuenta del costo. No hay victoria sin precio, ni altar sin fue...