viernes, abril 10, 2015
Líneas de expresión.
martes, febrero 23, 2010
Un tiempo sin esas cosas
viernes, noviembre 06, 2009
La Gallina Jamaica

En las tardes nos íbamos a pelear un todo contra todos en el salón de estar del edificio Roma. Luisito, José y yo, a veces iba Máximo; girábamos las manos, lazábamos patadas voladoras y hacíamos alarde de nuestras mejores llaves de lucha libre, o nos poníamos los guantes y tratábamos de fracturarnos el tabique de la nariz. Queríamos tener rostros de boxeadores. Luego, agotados nos lanzábamos a fumar en un rincón sobre el frío piso de granito y a mirar el techo. El novio de de Márgara se atrevió con La Gallina. Se estaba echando unos palos en el Bar Osiris y al salir, ella cacareaba sobre el capote de su carro. Y qué más, inquirió Luisito, ella movía la cola, esa inmensa cola, lo hace porque le sale ¿cómo es eso? No se aprende, viene, y el tipo le abrió la puerta del carro y se la llevó en su descapotable, cruzaron la avenida y se comieron los rayados. ¡Gallina, Gallina! Gritábamos todos y comenzábamos cacarear con las manos sofocando las entrepiernas.
Sofía nos daba besitos si le prometíamos ir a sus clases de catecismo, tienen que comulgar. Mi hermano era audaz y cuando la catequista venía del liceo de monjas de Santa Rosalía le decía, voy a comulgar y de inmediato le lanzaba los brazos a la cintura, la acompañaba al zaguán, levantaba las faldas del uniforme; ella se dejaba tocar debajo, arriba, entre las piernas ¿cómo es? Muy tibio, casi tan caliente como una fiebre, decía mi hermano, coño, dinos ¿y entonces? eso, contestó y se fue. Una tarde luego de leernos todo sobre los sacramentos, nos pasó a cada uno sus manos por el pelo, sentía una gran ternura, nunca nos lavábamos bien la cara y andábamos sudados de tanto jugar pelota; sin embargo ella puso su boca tibia, si coño, sobre nuestros labios y fueron calientes y húmedos los suyos ¿Probaste su lengua? la saliva es distinta en su lengua, es dulce, empalagosa ¿y qué? José se quedó pensando un rato, y resbaladiza. Comenzamos a amar la saliva de las mujeres a partir de los besos de Sofía.
Mi viejo me regaló un telescopio, le dije a Máximo, vamos a la azotea de mi casa a ver a la hermana de José, es Margara coño ¿Y qué? Ese carajo es una rata, el otro día le robó una pantaleta a Márgara y nos cobró dos bolívares por tocarla y un bolívar más si nos las dejaba un rato ; Luisito le dijo, quiero comprártela; no puedo guevón, se va a dar cuenta y me van a singar a palo. Pero ¡huélela, huélela ¡ -parecía un turco- y por dos bolívares más, una entrada al cine, tres tiques para el súper tobogán de Las Mercedes o un plato de espagueti Boloña en la Pizzería, la olimos todos. Olía distinto a cualquier prenda. A qué huele, coño, a qué huele: a almendras, mentira, huele a carne con pasas, pajúo, a bologna, es salado y dulce, una lágrima. Aún Aquel olor me acompaña cuando miro el techo en las noches pálidas por el desvelo.
Debajo del apartamento de Márgara vivían las tres Da Silva, cuando la hermana de José no salía a la terraza, metíamos el ojo por sus ventanas, y a veces las mirábamos en sostenes. Y el gordito medio calvo, el mariquinqui, su hermano ¿No nos querrá vender por un rato sus sostenes?
Han pasado los años y mi corazón no tiene una fibra sana, lo he sometido a todas las pasiones y ha regresado de esos laberintos escaldado y duro, como un veterano de una guerra cruel. Hace poco me encontré a La Gallina. Mejor dicho, la vi, ya me habían contado sobre sus cosas, el culo se le vino abajo junto a la picardía y la desfachatez. Se había metido a revolucionaria, se cubría con un hábito rojo, los íconos usuales de los rebeldes y una gorra de beisbolista. Recuerdo, cuando ella era La Gallina y todos los huevos de oro querían empollar en su nido; por aquella época, a la hora de más tránsito, pasaba siempre por la acera de la avenida una mujer cerrada de blanco, la adeca, le gritábamos ¡Adeca, adeca! Iba bien peinada, con el cabello muy teñido de negro, no existía un negro así, parecía una enfermera, ella daba un giro y solo nos miraba con furia.
La Gallina Jamaica tuvo una vida de excesos, avances y travesías, era famosa por sus deslealtades y oportunismos amorosos, nunca se metió en líos, la política era algo inaudito e improbable para su ruta de vuelo; pero la gente envejece, la mamá de José luego de las disipaciones sofocadas de aquellos tiempos, se metió a testigo de Jehová y ahora predica de puerta en puerta, y La Gallina Jamaica es una monja mística de la revolución, ha hecho votos de castidad; cambió su mirada de zorra la por la de una recalcitrante inquisidora y su lengua morada de esbirro se pasea fina por su pico abierto.
Las demás mujeres de la calle han ido envejeciendo con nosotros, hacemos maromas por mantener la dignidad y conservar las sensaciones, esa única parte del recuerdo presente y tangible, la que se queda contigo hasta el final de los días.
jueves, octubre 22, 2009
Clandestinidad

Al margen de la vereda del bloque corría una quebrada embaulada en concreto, cuando llovía el agua y el barro bajaban con furia, arrastraban trastos de latón y madera, ramas de árboles caídos, me gustaba jugar con mi hermano, saltar charcos y empaparme, al recibir las ventoleras del torrencial me sentía libre como cualquiera en el mundo; sacudir los árboles pequeños o mirarle las teticas a Condesa, sus puntas como falanges rosas bajo la camisa calada por el aguacero me hacía respirar mucho y hondo, me curaba de las mudanzas y de los encierros y el asma se me iba por una semana. A veces pasábamos días en casa, sin salir, o íbamos de la casa a la escuela y de la escuela a la casa y en el apartamento jugábamos pelota de goma contra la pared, o contra un colchón para burlar las quejas de los vecinos. Así eran las cosas entonces, andar escondidos y movernos mucho por la ciudad.
Tomás seguía allí alardeando y yo con esas pesadillas, insomne. Comencé a enfermarme. Una Tarde todo fluyó como el barrizal de la quebrada, sólo tuve que plegar la pierna hasta el muslo y dejarla volver sobre la boca de Tomás, un reflejo, un acto elemental como un relámpago dio término a la pesadilla. Le saqué los dientes delanteros. Me encerré en casa satisfecho y con la boca amarga por la exaltación posterior. Pasaron dos días, sus padres nunca vinieron y yo no dije nada a los míos, eso significaría otra mudanza antes de terminar el año escolar.
A veces nos dejaban salir. Lo hicimos un sábado en la tarde; fuimos a la cancha de beisbol a calentar los brazos, Tomás estaba con la mano sobre la boca junto a la panda del bloque, eran muchos. Mi hermano y yo comenzamos a lanzarnos la pelota, cada vez lográbamos lanzamientos más largos, altos y perfectos; nos miraron e hicieron una dilatada rueda en torno a nuestro juego, lo sabía, siempre lo supe, había pasado en las otras partes; Tomás se desdibujó, nos animaron para armar un equipo y jugar un partido, así ha sido todo el tiempo.
Antes de mudarnos de nuevo, jugamos un par de veces más con la panda del bloque y ganamos.
martes, abril 29, 2008
Verano
Son diez mil pasos, eso dicen, diez mil trancadas al galope digo yo, es el vuelo a pecho con la cabeza tirada hacia adelante, al remate grita Dalila; una vuelta entre los sicomoros y las acacias, dos vueltas bajo los caobos y los apamates; las chicharras están que revientan, claman como profetas y mi cuerpo se empegosta envuelto por un turbión de polen; me agrede cada mañana, lo alivio devolviéndole las agresiones - es un toma y dame-; si me vas a joder encuentra obstáculos cabrón; un combate desleal; tiro diez mil zancadas más. La tabla periódica de química baja a chorros por mi piel , entonces los bronquios a punto de colapsar se expanden al máximo y me importa una mierda que la relojería se vuelva loca y haga cucú; la llovizna de luz entre el bosquecillo de las esculturas es amarilla y purpura; los culitos húmedos de las maratonistas que se preparan para ir a Nueva York despiden un aroma a vainilla y a corteza de cardón; el mareo y el goce, a pesar de la sal que expelen las corredoras, es más de montaña que de mar, de lugar basáltico y paramero, sin oxígeno y lleno de presagios; enredadas entre sí sobre la tierra seca por el verano se abrazan o estrangulan las raíces de los árboles más viejos y así mi fatiga se desprende a campo traviesa, un paso más y despierto.
sábado, abril 26, 2008
Calor
Y le dijo,
-Faltan dos horas
- Lo sé y ya no me asfixio
Y le dijo,
-Es cosa de darse cuenta, uno se pasa la vida buscando al agresor afuera, es cosa de darse cuenta
- Lo he superado
Y le pregunta,
-¿Qué, el miedo?
- No, siempre tengo miedo, de un tiempo a esta parte siento pánico ¿Sabes de lo que se trata?
Y le contesta
-Es un absurdo
- Se dispara
- Como un fogonazo en algún lugar. Me dice Ana que ella lo siente en la piel, luego el mundo se le viene encima. La muerte, la locura. Tú sabes
- Yo siento una daga. La daga es un cuchillo de doble filo, lo sabes, Una daga fría me hiere, a veces caliente, es lo mismo, entra desde la parte posterior, atrás, abajo, donde finaliza el cuello, entra con precisión y sube hasta el centro; entonces sé que me voy a morir
Y afirma,
-Y no te mueres
- Algún día lo haré. Uno no se muere, a uno lo matan.
Y pregunta,
-¿Cómo es eso?
- Si no te mata otro, te mata tu cuerpo
Y dice,
-Es el enemigo,
Se encoge de hombros y pregunta,
-¿Quieres tomar algo? ¿Tequila?
Y dice,
-Dame algo seco
-Sólo tengo Tafil y unas líneas de coca
Y dice,
-¿No tienes una pastilla de regaliz?
- Por allí en la guantera debe quedar una, busca en el altar
Y pregunta,
¿Sigues adorando a estas figuras que armas en todas partes?
-Absolutamente
Y pregunta.
-¿Te hace bien?
- Ese no es el propósito, es otro. Me hace mal, algunas veces es intolerable resolver las contradicciones.
Y pregunta,
-¿Has adorado a alguien?
- Ya no
Y dice,
-la adoración es como el cuerpo
-¿Tu dices?
- Sí. Me gusta el sabor del regaliz
- ¿Has subido alto por la cresta de Cachimbo?
Y contesta
Hasta el final,
-Entonces puedes arriesgarte a todo
Y pregunta,
-¿No has sentido pánico cuando estás arriba?
- Claro, siempre que me siento en las piedras de cara al mar, algo, una sombra de nubes o de sol me llena de pánico, me tomo el pulso y me dejo caer de espaldas, como si me muriera allá arriba. Es lo mejor
Y afirma,
-Es como estar sobre un altar
- ¿Tu dices?
- Una vez tuve un accidente y me tendí sobre una de las piedras, llovía con truenos y relámpagos. Era como estar en un altar – Y pregunta – ¿Te has visto fuera del cuerpo?
- Cuándo hago el amor y soplo la pequeña aleta de tiburón
Y exclama,
-¡Qué imagen tan rara! – y pregunta -¿Siempre?
- No siempre, me acabo de recordar de algo
Y pregunta,
-¿De qué?
De un velero
Y dice.
-Es una figura fálica
Para nada, dije velero, piensa lento y acertarás siempre
-Ah no. Tus respuestas son rápidas –afirma-
-Pero mis procesos lentos
Y pregunta,
-¿Listo?
- Casi
Y dice
-Hoy habrá mucha humedad y mis ojos me pesan cuando hay humedad – pregunta – ¿Superaste el asunto?
- Siempre, no es nadie
Pregunta,
-¿No sientes remordimiento?
-imposible
Y pregunta
-¿Y ahora?
-Ya casi, falta calzar el peine
Y dice,
- Está por llegar
- Sólo calzar el peine
- ¿Le pusiste las trece balas?
- No
Y pregunta,
-¿Tienes idea del juego?
- ¿Acabar con la eternidad? Si no lo hacemos nosotros lo hará su cuerpo
Y dice,
No comprendo esta vaina.
Recoge las diminutas figuras del altar improvisado, las pone en un bolsillo de su saco y abre con violencia la puerta del auto
-Yo tampoco
martes, abril 08, 2008
Gracián y Prosperina
Gracián tenía dos plumas para escribir, una la mojaba en tinta azul, la dejaba correr sobre el papel amarillento y escabroso de pergamino donde anotaba sus ideas menos concluyentes; no alcanzaba a escribir un pliego, le disgustaba volver sobre el tintero; entonces, su pensamiento desfilaba al vuelo del elegante estilete negro, picado con destreza en sus partes blancas y señalado por indicios ambiguos sólo para dibujar verdades a medias. Mi trabajo es hermético, le dijo a Prosperina, el tiempo del arte no es el tiempo de los hombres, tampoco el de Dios respondió ella y le regaló una pluma Waterman dorada, precisa, de ajustado trazo y él alcanzaba a llenar con nervioso pulso una libreta verde de veinte páginas, para la posteridad, sonreía al pensarlo, no somos nada y nada nos contiene, cuán vanidosas peonzas, querida, miseria irrelevante, estas son las cosas que guardamos para escribirla en una línea difícil y sutil. Ella le dijo una tarde húmeda de invierno tropical, Gracián te quiero un poco más que a mi gato, toda una reina, sabía besar desprevenidamente; recordaron así un pasaje de Ricardo III, eran intensos, descuidados, frívolos pero intensos: la reina cautiva a veces, abeja reina sólo con los amantes. Qué forma de reír y consumirse en el orgullo de sus contiendas malcriadas, estamos hechos el uno para el otro: concederlo sería una derrota, la tuya o la mía. Gracián se ocultaba en sus despacho, el lugar donde guardaba con celo una Bereta 9 mm de trece tiros y su computador portátil, a veces entre un capitulo y otro de la novela que escribe abría un compartimiento de su pequeño escritorio y acariciaba la pistola, era una caricia voluptuosa que le recuerda, cada día lo hace una vez más, un determinado episodio del Decamerón, el señor mira inflamado de orgullo a su halcón dar vueltas en el cielo azul del mediodía italiano, Gracián vuelve la cara hacia la ventana y ve parte del cerro que lo sobrecoge, le hace pensar en un paisaje común a algunos países que extraña, en esos momentos decide doblegarse, qué importancia tiene hincar las rodillas sobre los abalorios de Prosperina, concederle todas las victorias en un mundo sin triunfos duraderos, el verdadero amor, es este, la abraza y recorre con la lengua sus pezones, lame sus muslos, sopla y sopla hasta derrumbar todas las fortalezas, lo pone al vuelo en el pergamino porque desea esconderlo del entendimiento profano, todo lo que conocemos se ha construido con traiciones Prosperina, la lealtad es contraria a la naturaleza humana, esas son frases tramposas, vuelve al pasaje del Decamerón, piensa en los Colonnas y en los Orsinis, Prosperina, Properina qué voy a hacer contigo, que vas a hacer conmigo: lealtad entre desleales a las sombras de los cipreses, la de Lucrecia y Cesare: el príncipe plagió las cartas a una dama de Florencia y se hizo pasar por ella, dicen, causó gran amargura a su hermana y le redituó celos y pasión, muy enfermo, muy torcido; darle la vuelta a un año, a dos años y sentir exactamente igual rehace la esperanza en el sinsentido; a Gracian le gustan las armas, las plumas y los animales de cetrería, a Prosperina ¿Qué le gusta a Prosperina?
lunes, marzo 10, 2008
El conflicto
Tercer día de Cuaresma
Memento Mori Israel Centeno Si solo das cuenta del afán y los éxitos, darás cuenta del costo. No hay victoria sin precio, ni altar sin fue...
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Memento Mori Israel Centeno Si solo das cuenta del afán y los éxitos, darás cuenta del costo. No hay victoria sin precio, ni altar sin fue...
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Oficina del Autor, España Iba a contarles un sueño, esos, los verdaderos, los ciertos, pero lo dejaré para otro día, es algo que me he comid...
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¿Cómo lo expreso en español? Así, me dijo, fue típica la pregunta y la respuesta pudo ser demoledora, tenle misericordia a la dama, responde...