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domingo, agosto 19, 2007

En la ruta, de viaje con mi Moleskine

Hace unos meses acompañé a Clavel al Fondo de Cultura Económica en la avenida Francisco Solano, allí descubrí, en Caracas, los diarios, los cuadernos y las agendas Moleskine, de inmediato compré tres, uno se lo obsequié a mi amiga, otro lo pedí para un regalo especial y el último lo preservé; tenerlo era mejor, más elegante y trascendente, que poseer un palm pilot, me dije e hice en broma un encomio a Clavel: “toma a ver si esta belleza te aleja de la nociva manía de escribir en blogs”. Ella lo tomó y negó con su cabeza, no, no, lo aceptaba pero continuaría escribiendo su blog.
Era una broma.
Hace poco le pedí el teléfono de Eugenio Montejo a Alexis Romero, él fue detrás de una especie de escribanía que tiene entre los libros de Templo Interno, la librería que lleva adelante, y sacó una libreta Moleskine, yo había estado leyendo los títulos de unos libros que deseaba comprar sobre ciudades y me preguntaba si todo aquello no formaba parte de una extraña sincronía, libro, ciudades, viajes, Moleskine. Alexis sacó una pluma fuente y anotó sobre un papel meticulosamente recortado el teléfono del poeta, viví con extrañamiento el ritual, un ritual casi perdido, un ritual sensual; librería, viajes, poetas, Moleskine, pluma fuente. Un momento para conservar, un instante grato.
Hasta ayer en la noche no había desentrañado el mensaje, la sentencia que recibiera del ritual, de la sincronía, el sutil mandato desprendido de mi broma a Clavel hace unos meses en El Fondo de Cultura Económica. Vivo la vida con lentitud y digiero con pereza.
No me gusta saber mucho de los asuntos de los autores que leo. De hecho, he recomendado a la gente que hace talleres conmigo, que traten de enterarse lo menos posible de la vida de un autor: deléitense en la obra. Cuando comencé a leer, hace unos cuantos años, la obra de los autores era su vida, no me atañía hacer un esfuerzo por conocer más allá del relato y de su estética. Luego fui accediendo a la privacidad de mis autores leídos a través de los diarios, cartas y documentos al margen que las editoriales se encargaban de exhumar en un trabajo productivo y forense. Por otra parte, nunca he creído en las entrevistas, las leo como otra ficción, hay autores de autores en las entrevistas, uno de ellos es Gabriel García Márquez, él se versiona con genialidad cada vez que confronta un diálogo con un periodista, una y otra vez se versiona. De hecho, su autobiografía es una autofabulación menos interesante que la que he encontrado tantas veces en Cien años de soledad. Para serle fiel a la idea, me interesa mucho más la obra de Juan Carlos Onetti que cualquier revelación sobre su vida, porque la vida de Onetti, es para mi desde hace rato, su obra. Los chismes son mascaradas colaterales.
La reflexión anterior viene a propósito de un dilema por resolver. Con modestia y honestidad, toda la posible, he concluido que me interesa mucho más la relación con mis pocos lectores a través de mis libros y no a través de la sobreexposición, es preferible que se lean mis opiniones en la obra que he llegado a publicar y en la que, de escribirse, trataré de publicar, y no a través de unas máscaras, un espectáculo o en la falsa privacidad entre revelada o sugerida en un blog.
He tenido muchos blogs de entretenimiento y ejercicios, en ellos he emprendido algunas aventuras, infaustas y afortunadas, siempre encontré una justificación: soltar la mano, joder un rato, el pretexto para escribir cada día con disciplina. ¡Por favor! Mientras estuve en ellos, pude divertirme, mover emociones y hacer alguna catarsis; creer que me comunicaba con millones de usuarios hiperkinéticos que por lo general no se quedan ni un minuto en una página, pero en verdad era una de esas maneras de tenderme a mi mismo una emboscada, un asalto con atuendos de camuflaje, cuya finalidad era distanciarme del foco, de mis objetivos y de las prioridades. Debo aclarar, sólo hablo por mi, y lo escrito es más una explicación para aquellos pocos que terminaban de leer mis parrafadas y no una provocación o una invitación al debate. Creo firmemente en los criterios individuales. No me he prohibido los ejercicios literarios, ni los juegos, sólo que les daré sentido o sufriré las carencias de los mismos en otros ámbitos; busco para ellos el solaz de la intimidad.
Así que este espacio continuará con fines más prácticos y promocionales, algunas actividades concretas, información sobre talleres, clínicas, viajes que tengan que ver con mis conferencias; y en cierto momento, cuando no sienta estar lloviendo sobre mojado, para colgar una opinión sobre lo que sucede en el mundo o en mi desgraciado país. Tras esto, voy a cultivar la disciplina de escribir en mis cuadernos, en hojas en blanco, en ver a mi desagradable y querida letra dibujar abstracciones con significados. Mantendré correspondencia privada con mis amigos, y con aquellos a quienes tenga que darle información, por ejemplo, del coaching literario.Tomo para mi el consejo que le diera a Clavel, trabajaré y coleccionaré Moleskines, cuadernos y plumas, creyones y bolígrafos; emprenderé de nuevo la aventura por distintos derroteros.

lunes, abril 30, 2007

No es Bagdad es Caracas


*

475 muertes violentas en abril




....fuentes policiales aseguran que sólo en Caracas han muerto 475 personas. De ésas, la policía asegura que 90%, es decir 427 decesos, son homicidios. La cifra indica que cada día, en promedio, 15 personas son asesinadas en la capital.






¿Patria y socialismo? MUERTE



*Grafitis en un liceo de Caracas

jueves, abril 12, 2007

La hegemonía revolucionaria y la verdad oficial.

"La cosa estaba más confirmada que desmentido oficial"
Julio Cortazar

William Izarra lo afirmaba en serio, es un hombre a quien hay que creerle. La prioridad de la revolución es tener la hegemonía de los medios. Asaltar el poder es asaltar los medios. Ayer 11 de abril, pudimos probar mucho del brebaje. Por ejemplo, en los canales del Estado, los que ha comprado y de los que se ha apropiado, sólo se habló desde un punto de vista: la verdad oficial. Tergiversaron los hechos a su gusto, e incluso en la prensa escrita, fue muy poco lo que se pudo encontrar, en comparación a otros años, sobre otros puntos de vista. Volvemos sobre Cien años de Soledad. Acá no hubo muertos. El 11 no hubo renuncia. A pesar de la exigencia de renuncia registrada universalemnte por los medios y transmitida al país por el entonces comandante del Estado Mayor, un hombre leal a Hugo El Eterno, no hubo exigencia de renuncia, sino un golpe de Estado. El acto sangriento de febrero del 92 no fue un golpe de Estado, fue una rebelión que expresaba el sentimiento del pueblo, en cambio, según los voceros de la hegemonía revolucionaria, la negativa del ejército a salir a aplicar el plan Ávila en abril del 2002, o sea, a masacrar a una manifestación popular, multitudinaria y desarmada, fue un acto de alta traición a Hugo, El Eterno.
-Sí hubo muertos y hay impunidad-, decían los voceros de El Eterno en los canales de televisión, y si hay impunidad es porque no se ha castigado de manera satisfactoria a la policía al servicio del imperio y de la oposición cipaya, no se les ha condenado por los tres muertos que se les imputan, los únicos que interesan, los únicos que murieron aquel día. Paradójicamente, los únicos muertos que existen, son los muertos que contabiliza la verdad del imponderable. Los otros dieciséis no fueron. No espere justicia quien no es. Ustedes pueden ver al relator, en cadena de radio y televisión, rehacer la historia.

A pesar de que existe una gruesa documentación sobre los sucesos, a pesar de que hay fotos y videos en los que se precisan a más de 90 pistoleros disparando contra una manifestación desarmada, ante la impavidez y complicidad de la Guardia Nacional que sólo actuó para proteger a los pistoleros y hacer atinados disparos al aire de los pulmones de uno que otro desmedido opositor, a pesar de los los exordios de diputados, funcionarios del tren ejecutivo y alcaldes para que se derramase sangre, para que se bajase de los cerros con palos y cuchillos y con pistolas a liquidar a la contrarrevolución que marchaba hacia el Palacio de Gobierno, a pesar de testimonios, de argumentos sustentados, los repetidores del Magnífico reiteran: eso no ocurrió.
-Se necesita una comisión que esclarezca aún más los hechos- dice el diputado Luis Tascón. Una comisión leal a la revolución que confirme sus hechos, que fortalezca la verdad oficial, porque con la verdad oficial fortalecida, ellos podrán continuar su implacable persecución y venganza en contra de aquellos que se atrevieron a exigirle la renuncia al Eterno.
La revolución no descansa, no reposa, no cesa, perseguirá y castigará a sus detractores por siempre. La verdad oficial es el Dios de la Venganza. El día de ayer estuvo lleno de su bulla, de distorsiones. Al principio dijeron que celebraban, luego corrigieron, conmemoraban a los pistoleros de puente Llaguno, que según la verdad impartida por la hegemonía mediática del Eterno, son héroes que se defendían de la agresión oligárquica de un millón de personas.

Y no cesan de humillar. Los canales de televisión y las radios aun independientes de los designios del Inefable, fueron asaltadas por la cadena Presidencial, por la voz del Eterno mismo quien repitió, una y cien veces, no sólo sus mentiras, sino sus amenazas; exhibió el músculo de su ira, la promesa de castigo y de su mandato para siempre jamás. Humilló de nuevo a quienes marcharon el 11 de abril, los descalificó, recurrió a la sapiencia del loquero vicepresidente, para diagnosticar locura a los manifestantes: los puso fuera: ellos no murieron, enloquecieron. No hubo muertos, los muertos sólo pueden ser de nosotros, los muertos son revolucionarios, los demás no fueron, no son ni serán. Continúa su venganza, su maquinaria demoledora de cualquier otra verdad que no sea la verdad Eterna consustanciada con el Eterno.

Sin embargo, ayer, quienes a pesar de las listas del miedo implementadas por el cínico diputado Tascón, de la inseguridad, de las consecuencias posibles y reales que padece quien se opone al criterio oficial, salió la gente, poca, no fueron muchos, los necesarios, para manifestar su dolor, exponer su punto de vista documentado y sobre todo para exigir justicia, no venganza – acto que envilece- y perseverar, a pesar del tsunami oportunista y de las diversas miradas de la coacción, para que se establezca la verdad: no la del Eterno y su fiscal, ni la de la oposición. Sólo la verdad avalada por una comisión imparcial.

Verdad, no propaganda. Respeto y memoria, no tergiversación y descalificación. Será un tránsito accidentado, no fácil, pero la verdad oficial, un día se vendrá abajo como el maquillaje maloliente de un rey sifilítico y mostrará sus chancros.
Según el Eclesiastés no hay nada Eterno bajo el sol

Hugo, el Eterno, es empeñoso y lo niega. Sus loritos hegemones asaltan los medios y al temor humano y repiten, después de un 11 viene el 13. Yo les recomendaría darse una vuelta por esta aseveración tomada al azar: a la verdad fraudulenta del dictador Marcos Pérez Jiménez y a las artimañas de Laureano Vallenilla les amaneció un primero de enero, y luego un veintitrés.
Qué se le va a hacer, se mancharon las manos de sangre, al lavárselas las verán siempre, como las miraron aquella madrugada del 4 de febrero del 92 y se las han venido viendo desde entonces, tal como recuerda el ministro comisario aquel: rojas rojitas.

miércoles, abril 11, 2007

Memoria individual: memoria colectiva






Verdad oficial

Estuve allí, delante mío cayó Malvina Pesate como si hubiese recibido una pedrada en el rostro; estaba herida. Una bala entró por su pómulo y se alojó cerca de la columna; Tuvo suerte, no murió ese día. Estuve allí, y desde la esquina de Korda Modas vi a la gente replegarse y a unos hombres de civil disparar sus armas, bajaban como batallones desde puente Llaguno; mi hermano tuvo que meterse debajo de un kiosco de periódicos, otros buscaron, inútilmente, refugio en el marco de los negocios cerrados, juntaron sus cuerpos contra las santamarías. ¡Están disparando cerca del Fermín Toro! se escuchó gritar; la Guardia Nacional vaciaba las cacerinas de sus pistolas y de sus fales ¡hay francotiradores que hacen muertos de lado y lado! se decía. Estuve allí. Asumo aquel día, es mi nombre, mi apellido. Nadie jugará con mi memoria, no permitiré que me confundan. Salimos la mañana del 11 abril del 2002 con el propósito de llegar al palacio de gobierno, una marcha de cientos de miles, una marcha parecida a la que procuró la renuncia del presidente argentino de La Rùa, es verdad, íbamos pidiendo la renuncia de Hugo Chávez, sin armas, íbamos pidiendo su renuncia y fuimos emboscados. Hoy, a cinco años de los hechos, no hay condena, nadie paga, pareciera que el Estado "revolucionario" y cierta oposición se hubiesen propuesto forzar la desmemoria, la distorsión, la apatía, el olvido. Para algunos, el gobierno consolidado sobre eventos criminales, es legítimo. Y negocian con la memoria y hablan de legalidad, de logros parciales del proceso, se alínean y conviven, dicen que ven las cosas en perspectiva. Ceden al chantaje, al músculo poderoso, sedicioso, proxeneta y corruptor de “El proceso”. Estuve allí, y conmigo cientos de miles, nosotros sabemos qué pasó ese día, y nos tomamos en serio la consigna Prohibido Olvidar. La impunidad no pacifica ni a las conciencias ni a las sociedades. La impunidad fractura y vuelve remota cualquier posibilidad de reconciliación. No puede haber reconciliación si no se promueve la verdad, no puede haber paz si pretendemos olvidar o banalizar los hechos. Sin una comisión independiente que busque establecer la verdad y sin tribunales que condenen a quienes invocaron sangre, a quienes dispararon y promovieron la emboscada del 11 de abril, continuará la herida franca, el dolor estoico, la necesidad imperiosa de justicia. Juegan con la dignidad de las personas aquellos que imponen y se hacen eco de la verdad oficial y convierten a los asesinos en héroes; aquellos que ven, en perspectiva, limpias de sangre las manos del déspota y hoy con osadía oportunista le celebran sus chistes, sus ocurrencias líricas, sus dotes de estratega. Han rendido su memoria. Estuve allí, Hugo Chávez, y junto a mi, cientos de miles. Cinco años después no olvidamos.



Verdad Oficial
(fragmento de Cien años de soledad)

Cuando José Arcadio Segundo despertó estaba bocarriba en las tinieblas. Se dio cuenta de que iba en un tren interminable y silencioso, y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre seca y le dolían todos los huesos. Sintió un sueño insoportable. Dispuesto a dormir muchas horas, a salvo del terror y el horror, se acomodó del lado que menos le dolía, y solo entonces descubrió que estaba acostado sobre los muertos. No había un espacio libre en el vagón, salvo el corredor central. Debían de haber pasado varias horas después de la masacre, porque los cadáveres tenían la misma temperatura del yeso en otoño, y su misma consistencia de espuma petrificada, y quinies los habían puesto en el vagón tuvieron tiempo de arrumarlos en el orden y el sentido en que se transportaban los racimos de banano. Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los relámpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo. Solamente reconoció a una mujer que vendía refrescos en la plaza y al coronel Gavilán, que todavía llevaba enrollado en la mano el cinturón con l hebilla de plata moreliana con que trató de abrirse camino a través del pánico. Cuando llegó al primer vagón dio un salto en la oscuridad, y se quedó tendido en la zanja hasta que el tren acabó de pasar. Era el mas largo que había visto nunca, con casi doscientos vagones de carga, y una locomotora en cada extremo y una tercera en el centro. No llevaba ninguna luz, ni siquiera las rojas y verdes lámparas de posición, y se deslizaba a una velocidad nocturna y sigilosa. Encima de los vagones se veían los bultos oscuros de los soldados con las ametralladoras emplazadas.
Después de medianoche se precipitó un aguacero torrencial. José Arcadio Segundo ignoraba dónde había saltado, pero sabía que caminando en sentido contrario al del tren llegaría a Macondo. Al cabo de más de tres horas de marcha, empapado hasta los huesos, con un dolor de cabeza terrible, divisó las primeras casas a la luz del amanecer. Atraído por el olor del café, entró en una cocina donde una mujer con un niño en brazos estaba inclinada sobre el fogón.
- Buenos - dijo exhausto -. Soy José Arcadio Segundo Buendía.
Pronunció el nombre completo, letra por letra, para convencerse de que estaba vivo. Hizo bien, porque la mujer había pensado que era una aparición al ver en la puerta la figura escuálida, sombría, con la cabeza y la ropa sucias de sangre, y tocada por la solemnidad de la muerte. Lo conocía. Llevó una manta para que se arropara mientras se secaba la ropa en el fogón, le calentó agua para que se lavara la herida que era sólo un desgarramiento de la piel, y le dio un pañ limpio para que se vendara la cabeza. Luego le sirvió un pocillo de café, sin azúcar, como le habían dicho que lo tomaban los Buendía, y abrió la ropa cerca del fuego.
José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.
- Debían ser como tres mil - murmuró.
- Que?
- Los muertos - aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.
La mujer lo midió con una mirada de lástima. "Aquí no ha habido muertos - dijo -. Desde los tiempos de tu tío, el coronel no ha pasado nada en Macondo." En tres cocinas donde se detuvo José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: "No hubo muertos." Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas amontanadas una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre. Las calles estaban desiertas bajo la lluvia tenaz y las casas cerradas, sin vertigios de vida interior. La única noticia humana era el primer toque para misa.

jueves, marzo 22, 2007

Bolívar The Liberator ( El retorno del Jedi)

Simón Bolívar y Antonio José de Sucre: la creación de Bolivia; visto y actuado por un reparto de pequeños dramaturgos que se forma en una escuela independiente de los lineamientos políticos e ideológicos del Estado:


Hoy, si estuviese en otras condiciones, hubiese tenido la oportunidad de ir a ver una representación dramatizada que hace mi sobrino junto a sus compañeros de clase sobre la creación de Bolivia. Tomo sólo unos fragmentos que me han dado luz; ahora entiendo con más claridad el por qué de la internacionalización de la revolución bolivariana y la urgencia que tiene el gobierno del teniente coronel por ideologizar y confiscar para el Estado la educación de sus ciudadanos:


La creación de Bolivia

Algún ciudadano que camina por las calles de La Paz (Alto Perú):
“Bolivia nació en medio de una agria disputa entre Simón Bolívar y José Antonio Sucre El nacimiento de Bolivia ocurrió, entre otras cosas, porque Sucre fue capaz de defender sus criterios y puntos de vistas, haciéndolos valer frente a las disposiciones y designios del Libertador Simón Bolívar. "

Simón Bolívar: Excelentísimo Mariscal Sucre, le encomiendo la tarea de pacificar el alto Perú, incluidas sus provincias La Paz, Chuquisaca, Cochabamba, Oruro, Santa Cruz … y además tener a vuestro bien decidir el destino de dichas provincias, oprimidas bajo el dominio de la monarquía española y también bajo las demandas del gobierno de Río de la Plata.

Sucre: Mi general, usted debe entender por qué no es tan sencillo cumplir esta misión, pues según el “utis pussidetis” las provincias del Alto Perú forman parte de Río de la Plata, debido a que esto habían estado antiguamente bajo la administración de este virreinato.

Simón Bolívar: Sucre le ordeno liberar El Alto Perú de la dominación española, e inmediatamente garantizar la sujeción e incorporación a las órdenes del gobierno que presido en El Perú.


II

Casimiro Olañeta (abogado de Chuquiscalla y El Mariscal Sucre se reúnen a tomer té y a hablar sobre los acontecimientos que ocurren el 9 de febrero de 1825): Mariscal Sucre, debemos convocar de inmediato a todas las provincias altoperuanas para reunirnos en un congreso, y de tal manera poder decidir el glorioso destino de la nación.
Antonio José de Sucre: mi estimado Casimiro, debemos hacerlo lo más pronto posible.

Se convoca el congreso, estando presentes Casimiro Olañeta y José Antonio Sucre. El Mariscal Sucre lee un documento donde se sanciona el reglamento que regirá el proceso eleccionario. El documento establece lo siguiente: “Señores miembros presentes del congreso del Alto Perú, declaro solemnemente la posesión autónoma de ejercer sus derechos en forma libre a las provincias altoperuanas, para que, libres de la opresión española, ejerzan a plenitud su soberanía y organicen su propio gobierno. El ejercito libertador que presido en nombre de mi general en jefe, Simón Bolívar, no está aquí para gobernar El Alto Perú, nuestro único propósito es garantizar el orden y evitar la anarquía durante la realización de las elecciones y mientras se reúne la asamblea, única instancia legítimamente autorizada para resolver el destino y organización de las provincias altoperuanas. También os digo que el ejercito libertador estará aquí hasta que el gobierno del Alto Perú, a través del congreso, discuta y acuerde el trato y relaciones que mantendrá con la provincias altoperuanas. Mientras tanto, el ejército Libertador permanecerá aquí comprometiéndose a respetar las decisiones que tome la asamblea.”

Autoridad de Río de la Plata dice: En nombre de la máxima autoridad que me confiere el gobierno de Río de la Plata, se decreta lo siguiente: “Aceptamos que sean los representantes del Alto Perú legítimamente electos, quienes reunidos en Asamblea resuelvan lo más conveniente para su felicidad. Sin embargo, dejamos saber a los representantes del Alto Perú, que tienen la oportunidad de incorporarse al Congreso General de las Provincias Unidas de El Río de la Plata.”
Simón Bolívar ( Libertador de Colombia y dictador del Perú, reacciona visiblemente molesto y manifiesta su desacuerdo con las iniciativas de El Mariscal Sucre y le escribe una carta, fechada el 21 de febrero de 1825)
“Usted no tiene que hacer sino lo que yo le ordeno. Usted está a mis órdenes con el ejército que manda. Usted tiene una moderación muy rara. No quiere ejercer la autoridad de general que le corresponde, ejerciendo de hecho el mando del país que sus tropas ocupan, y quiere sin embargo, decidir una operación que es legislativa. Yo sentiría mucho que la comparación fuese odiosa, pero se parece a lo de San Martín en el Perú. Le parecía muy fuerte la autoridad de general Libertador; y por lo mismo se metió a dar un estatuto provisorio, para lo cual no tenía autoridad. Le diré a usted, con la franqueza que usted deberá perdonarme, que usted tiene la manía de la delicadeza. Entienda Mariscal, que se trata de ocupar militarmente al país y esperar órdenes del gobierno. No tiene ninguna otra atribución, mucho menos disponer la convocatoria y otorgarle a los altoperuanos, el derecho a elegir su destino. Esta es una decisión que le corresponde únicamente al congreso del Perú, instancia responsable de resolver lo más conveniente para estos territorios”

Sucre ( No esconde su sorpresa y malestar cuando recibe la carta y en respuesta con fecha del 4 de abril de 1825, el mariscal no se desentiende de su condición de subordinado, sin embargo argumenta y defiende sus motivaciones) “Yo, mi general, en todo momento me he guiado por obedecer y seguir al genio que ha tomado a su cargo nuestra redención…mi determinación ha estado inspirada en la firme resolución de no presentarme a aquellas provincias con un aire aborrecible, sino más bien, hacerlo por el camino más noble y generoso, que fue convocar una asamblea general de las provincias altoperuana”

Simón Bolívar Resuelve el impasse con otro decreto firmado el 16 de mayo de 1825, en su condición de Libertador y presidente de la república de Colombia, Libertador de El Perú y encargado del supremo mando de éste país): Mariscal sucre, acepto la convocatoria de la asamblea en los términos resueltos por Usted. Sin Embargo, sus deliberaciones no recibirán ninguna sanción hasta tanto no se reúna el congreso del Perú. Mientras tanto, las provincias altoperuanas estarán bajo su mando, y no reconocerán a otra autoridad que la del gobierno del Perú.

La moda XXI

Está de moda el "novedoso" siglo veintiuno, pero áun nos enfrentamos a un dilema no resuelto desde el nacimientos de nuestras repúblicas en el lejano siglo XIX, escoger entre lo militar y lo civil. Más allá de cualquier consideración y del porvenir, éstas y éste serán inciertos si de una vez por todas no terminamos de escoger entre Simón Bolívar y Andrés Bello, entre Pedro Carujo y José María Vargas, entre estos capitanes y tenientes coroneles que pretenden regir los destinos de la nación hasta el fin de sus siglos y el Dr Claudio Mendoza, Mariano Picón Salas o Jacinto Convit. Tan sencillo como eso, olvidarse de la capa y de la espada, del lenguaje florido de la gloria militar, del caballo blanco de Simón Bolívar, del plomo parejo, el rodilla en tierra, los batallones, los toques de diana, el patria o muerte y optar por las caminerías, las plazas, los museos, los espacios peatonales y el tránsito civil.

sábado, marzo 17, 2007

El cheque y el Bolívar fuerte, caminan por la américa latina



Bolívar nos dejó un legado a los venezolanos: hacer la patria grande. un legado mesiánico y expansionista; conquistar con la capa y la espada a la américa hispana para darle "la libertad" a sus pueblos. Bolívar, estudiado a la luz de la ortodoxia marxista no puede ser visto sino como un césar, un señorito napoleón hijo de la oligarquía del cacao de una de las colonias menos favorecidas y más prepotentes de aquella España, un hombre que antepuso su gloria a la gloria de los pueblos; el individualista, el romántico, el déspota.
El teniente coronel del siglo XXI se hace del legado de Bolivar y vuelve sobre la tradición caudillesca a pensar en el imperio de los Incas, en la américa liberada por su ostentosa billetera; antes, los ejércitos libraban batallas y las campañas se hacían con divisiones y batallones; hoy, el glorioso ejército venezolano y su comandante en jefe entran a las ciudades al redoble del cheque extendido, al estallido de los obuses (barriles) petroleros, al sonido de la carga a deguello en las bancas donde compran deudas ajenas. Bolivar usó el caudal particular, su hacienda, para acometer las proezas de su voluntarismo mesiánico; Hugo Chávez (¿Dios sol? ¿Nuevo Inca?) le echa mano, sin consulta y sin pudor, a las arcas públicas de su país. El bolivarianismo, sometido a la consideración de cualquier estudio medianamente objetivo, no puede ser visto sino como mesianismo imperialista. El César conquistó a las galias, Bolívar al Perú.
Por eso, tanto a Bush como a Chávez, los asiste el derecho de sentirse hijos del Libertador

lunes, febrero 26, 2007

Se anunció nuevas leyes contra el acaparamiento (sic)

«Vendrán nuevas leyes y normativas para combatir el acaparamiento en el país».
abn


Espero que la oposición, que eres tu; el ciudadano rebasado en sus límites por el poder cenagoso e infecto del teniente coronel presidente vitalicio el rey, contemple leyes implacables en contra del acaparamiento de la voluntad, de los espacios y del poder: es una conducta de los regimenes totalitarios en la cual determina, su refundador, que el modelo totalitario del siglo XXI es igualito al modelo totalitario del siglo XX, y “que debemos desmontar combatiendo a quien utiliza esta práctica perversa”

jueves, febrero 22, 2007

Sonidos de la furia

A mi hermana Lucía, por ser tan bella y valiente.

Siempre le he tenido aprehensión a las alcabalas; tenía temor a cruzar el túnel de La Planicie porque allí en todo momento estaban pidiendo papeles; me daba culillo pasar el puesto de control de la carretera Los Teques Tejerías, allí se las arreglaban para bajarme un rato y denostar un poco; ha transcurrido el tiempo, envejezco y aún siento con malestar cómo se dispara mi adrenalina en esos lugares donde el poder se suele expresar con las diversas muecas de la humillación.



La semana anterior crucé una alcabala, estaban unos oficiales de tránsito terrestre y la Guardia Nacional en el puesto de Luís Hurtado, en la carretera vía a El Junquito. Mi primer impulso fue el de orillarme a coger aire, respirar, dar vuelta; allí estaban ellos, han cambiado los Fal por los Kalisnikov, pero no así la expresión carroñera. Hice un inventario: licencia, sí. Papeles del carro, sí. Cédula, sí. Certificado médico, vencido. Ah vaina, los vi con detenimiento, estaban haciendo circular la pequeña cola que se formaba frente a ellos, repartían algo; pensé: son unos panfletos: ponte el cinturón de seguridad, si conduces no bebas o amárrate a la vida; una campaña para prevenir accidentes; no me detendrían ni se les ocurriría constatar la fecha de vencimiento de mi certificado médico; a cambio, tomaría el panfleto educativo y continuaría mi plan de hacer la ruta de El Jarillo. Bajé el vidrio, extendí la mano y por reflejo la retiré, era un absurdo, estos guardianes de la carretera regalaban unos CDs muy rojos, en la cubierta resaltaba el torso inmenso y sonriente del rey y teniente coronel Hugo Chávez junto a la figura aperada del alcalde Barreto: “Sonidos de Caracas”. En otra circunstancia hubiese cabido la expresión, música para mis oídos; no pasa nada. Devolví el disco y el oficial lo lanzó de vuelta y con violencia al interior de mi auto, tuve reflejos y esquivé el roce cortante del regalo impuesto, pensé en contradevolverlo, en tirarlo más adelante, en deshacerme de él, retomar mis conductas díscolas y mear la mala prosa de Juan Barreto en donde pretende explicar las virtudes del socialismo del siglo veintiuno, cagarme en la cara de los símbolos del totalitarismo, llámense Bolívar, Chávez, Guaicaipuro o la mata que le da el nombre a mi ciudad; entonces, comprendí que debía sacar provecho, comunicar, mostrar la evidencia de cómo se pretende invadir no sólo las tierras y los bienes particulares, los espacios públicos, sino la intimidad y el espíritu del hombre: no habrá lugar donde no llegue, pretende decirnos el monigote autoritario de la carátula del CD; No habrá lugar en el que no me abrogue la representación de tu voluntad, ella será expresada por mi presencia sistémica; tu voz es mi voz y mi voz la voz del pueblo. El pueblo está en todas partes, mi voz es la voz del pueblo. Mi voz es la voz del pueblo. Mi voz es la voz del pueblo. Mi vos sos vos. Mi cuatrito y vos. Mi voz. Mi voz. Vos.

Eco. Asco eco. Náusea.








Al carajo, se me fue el día por un sumidero, no supe imponer mi montura a los caballos que cabalgué y apenas si me recreó el vuelo de los parapentes. Ni en el galope ni en el vuelo sentí lo que le es inherente al acto: una sensación inaudita de expansión vital. La estética revolucionaria me había emponzoñado el espíritu. Recuerdo que hace tiempo Zitarrosa o Viglietti, o ambos, cantaban “a desalambrar” y muchos ingenuos queríamos tomar las primeras cizallas redentoras. Hoy he decidido levantar verjas, sembrar avenidas de árboles y setos y pintar en las paredes una consigna paradójica y sencilla: POR TU LIBERTAD PONLE LÍMITE AL TOTALITARISMO. No sé si para los efectos prácticos sirva de algo, pero dará a mi espíritu una satisfacción necesaria, porque al recibir en mi cara y ante mi familia el roce de la portadilla del CD me dieron con un guante. Acepto el reto, pero yo escojo las armas. He comprendido que mi rebelión no sólo es política o ética. Mi rebelión es estética.

Y coño, no me pidan que no hable de política y que haga mi disenso inteligente y divertido .

miércoles, febrero 21, 2007

Una píldora de concreto para la indigestión totalitaria


Un intercambio de cartas virtuales con José Sánchez Lecuna, me ha colocado de nuevo frente al exilio, he visto al mundo tal cual es y me ha disgustado, qué pretensión; pero me ha disgustado aún más haber perdido, en algún momento de la vida, una cotidiana relación con Albert Camus. Me ha disgustado no haber establecido las correlaciones pertinentes y la constatación de lo que ya señalaba el autor de El exilio y el Reino desde la primera mitad del siglo pasado: un mundo descalabrado por la fealdad de la razón histórica y del totalitarismo visible en el irrespeto a los límites y en su búsqueda de la utopía, justificación final de sus desmesuras.


He vuelto sobre mi biblioteca y he sacado los dos grandes tomos del “pie negro”; pienso sumergirme en ellos e ir al reencuentro de los valores que “para los griegos eran preexistentes a toda acción cuyos límites marcaban las maneras precisas” y que el mundo o “la filosofía moderna colocan los valores al final de la acción, que no existen sino que llegan a ser, y no los conoceremos sino al final de la Historia”. Intentaré entender junto a Heráclito, que la desmesura es un incendio y que el incendio aumenta; y que estamos al comienzo de la distopía, del horror, del 1984 de Orwell y es de carne y hueso, se están tomando los cielos por asalto y las furias se han desatado; ellas “sabrán” poner en evidencia la regresión del progreso.

A continuación coloco, y por completo El exilio de Helena:


“El exilio de Helena” de El verano (Albert Camus, 1948) *

El Mediterráneo tiene un sentido trágico solar, que no es el mismo que el de las brumas. Ciertos atardeceres-- en el mar, al pie de las montañas--, cae la noche sobre la curva perfecta de una pequeña bahía y, desde las aguas silenciosas, sube entonces una plenitud angustiada. En esos lugares se puede comprender que si los griegos han tocado la desesperación ha sido siempre a través de la belleza y de lo que ésta tiene de opresivo. En esa dorada desdicha culmina la tragedia. Nuestra época, por el contrario, ha alimentado su desesperación en la fealdad y en las convulsiones. Y por esa razón, Europa sería innoble, si el dolor pudiera serlo alguna vez.

Nosotros hemos exiliado la belleza; los griegos tomaron las armas por ella. Primera diferencia, pero que viene de lejos. El pensamiento griego se ha resguardado siempre en la idea de límite. No ha llevado nada hasta el final --ni lo sagrado ni la razón--, porque no ha negado nada: ni lo sagrado, ni la razón. Lo ha repartido todo, equilibrando la sombra con la luz. Por el contrario, nuestra Europa, lanzada a la conquista de la totalidad, es hija de la desmesura. Niega la belleza, del mismo modo que niega todo lo que no exalta. Y, aunque de diferentes maneras, no exalta más que una sola cosa: el futuro imperio de la razón. En su locura, hace retroceder los límites eternos y, enseguida, oscuras Erinias se abaten sobre ella y la desgarran. Diosa de la mesura, no de la venganza, Némesis vigila. Todos cuantos traspasan el límite reciben su despiadado castigo.

Los griegos, que se interrogaron durante siglos acerca de lo justo, no podrían entender nada de nuestra idea de la justicia. Para ellos, la equidad suponía un límite, mientras que nuestro continente se convulsiona en busca de una justicia que pretende total. Ya en la aurora del pensamiento griego, Heráclito imaginaba que la justicia pone límites al propio universo físico. "El sol no rebasará sus límites, y si lo hace, las Erinias, defensoras de la justicia, darán con él." Nosotros, que hemos desorbitado el universo y el espíritu, nos reímos de esa amenaza. Encendemos en un cielo ebrio los soles que queremos. Pero eso no impide que los límites existan y que nosotros lo sepamos. En nuestros más locos extravíos, soñamos con un equilibrio que hemos dejado atrás y que ingenuamente creemos que volveremos a encontrar al final de nuestros errores. Presunción infantil y que justifica que pueblos niños, herederos de nuestras locuras, conduzcan hoy en día nuestra historia.

Un fragmento, también atribuido a Heráclito, enuncia simplemente: "Presunción, regresión del progreso". Y muchos siglos después, del efesio, Sócrates, ante la amenaza de una condena a muerte, no reconocía más superioridad que ésta: lo que ignoraba, no creía saberlo. La vida y el pensamiento más ejemplares de estos siglos concluyen con una orgullosa confesión de ignorancia. Olvidando eso, hemos olvidado nuestra nobleza. Hemos preferido el poderío que remeda la grandeza: primero, Alejandro, y después los conquistadores romanos que nuestros autores de manuales, por una incomparable bajeza de alma, nos enseñan a admirar. También nosotros hemos conquistado, hemos desplazado los límites, dominado el cielo y la tierra. Nuestra razón ha hecho el vacío. Y, al fin solos, concluimos nuestro imperio en un desierto. ¿Cómo poder imaginarnos, pues, ese equilibrio superior en el que la naturaleza mantenía la historia, la belleza, el bien, y que llevaba la música de los números hasta la tragedia de la sangre? Nosotros volvemos la espalda a la naturaleza, nos avergonzamos de la belleza. Nuestras miserables tragedias arrastran olor de oficina y la sangre que derraman tiene color de tinta de imprenta.

Por eso es indecoroso proclamar hoy que somos hijos de Grecia. A menos que seamos hijos renegados. Colocando la historia en el trono de Dios, avanzamos hacia la teocracia tal como hacían aquellos a quienes los griegos llamaban bárbaros y combatieron a muerte en las aguas de Salamina. Si se quiere captar bien la diferencia, hay que volverse hacia el filósofo de nuestro ámbito que es verdadero rival de Platón. "Solo la ciudad moderna --se atreve a escribir Hegel-- ofrece al espíritu el terreno en el que puede adquirir conciencia de sí mismo". Vivimos, así pues, en el tiempo de las grandes ciudades. Deliberadamente, el mundo ha sido amputado de aquello que constituye su permanencia: la naturaleza, el mar, la colina, la meditación de los atardeceres. Sólo hay conciencia en las calles, porque sólo en las calles hay historia, ése es el decreto. Y como consecuencia, nuestras obras más significativas dan fe de esa misma elección. Desde Dostoievski, buscar paisajes en la gran literatura europea es inútil. La historia no explica ni el universo natural que había antes de ella ni la belleza que está por encima de ella. Ha decidido ignorarlos.


Mientras que Platón lo contenía todo --el sinsentido, la razón y el mito--, nuestros filósofos no contienen más que el sinsentido o la razón, porque han cerrado los ojos al resto. El topo medita.
Fue el cristianismo el que empezó a sustituir la contemplación del mundo por la tragedia del alma. Pero al menos se refería a una naturaleza espiritual y, a través de ella, conservaba cierta seguridad. Muerto Dios, no quedan más que la historia y el poder. Desde hace mucho tiempo, todos los esfuerzos de nuestros filósofos no han ido dirigidos más que a reemplazar la noción de naturaleza humana por la de situación, y a la antigua armonía por el impulso desordenado del azar o el movimiento implacable de la razón. Mientras que los griegos marcaban a la voluntad los límites de la razón, nosotros hemos puesto, como broche, el impulso de la voluntad en el centro de la razón, que se ha vuelto asesina. Para los griegos, los valores eran preexistentes a toda acción, y marcaban, precisamente, sus límites. La filosofía moderna sitúa sus valores al final de la acción. No están, sino que se hacen, y no los conoceremos del todo más que cuando la historia concluya. Con ellos, desaparecen también los límites, y, como las concepciones difieren acerca de lo que habrán de ser aquellos, y como no hay lucha que, sin el freno de esos mismos valores, no se prolongue indefinidamente, hoy los mesianismos se enfrentan y sus clamores se funden con el choque de los imperios. Según Heráclito, la desmesura es un incendio. El incendio se extiende, Nietzsche ha sido superado. Europa no filosofa a martillazos, sino a cañonazos.

Sin embargo, la naturaleza está siempre ahí. Opone sus cielos tranquilos y sus razones a la locura de los hombres. Hasta que también el átomo se encienda y la historia concluya con el triunfo de la razón y la agonía de la especie. Pero los griegos nunca dijeron que el límite no pudiera franquearse. Dijeron que existía y que quien osaba franquearlo era castigado sin piedad. Nada en la historia de hoy puede contradecirlos.

Tanto el espíritu histórico como el artista quieren rehacer el mundo. Pero el artista, obligado por su naturaleza, conoce sus límites, cosa que el espíritu histórico desconoce. Por eso el fin de este último es la tiranía, mientras que la pasión del primero es la libertad. Todos cuantos luchan hoy por la libertad, combaten en último término por la belleza. No se trata, claro está, de defender la belleza por sí misma. La belleza no puede prescindir del hombre y no daremos a nuestro tiempo su grandeza y su serenidad más que siguiéndolo en su desdicha. Nunca más volveremos a ser solitarios. Pero igualmente cierto es que el hombre tampoco puede prescindir de la belleza, y eso es lo que nuestra época aparenta querer ignorar. Se tensa para alcanzar el absoluto y el imperio, quiere transfigurar el mundo antes de haberlo agotado, ordenarlo antes de haberlo comprendido. Diga lo que diga, deserta de este mundo. Ulises puede elegir con Calipso entre la inmortalidad y la tierra de la patria. Elige la tierra y, con ella, la muerte. Una grandeza tan sencilla nos resulta hoy ajena. Otros dirán que carecemos de humildad. Pero esa palabra, en cualquier caso, es ambigua. Semejantes a esos bufones de Dostoievski que se jactan de todo, suben a las estrellas y acaban por exhibir su miseria en el primer lugar público, a nosotros lo único que nos falta es ese orgullo del hombre que es observancia de sus límites, amor clarividente de su condición.


"Odio mi época", escribía antes de su muerte Saint-Exupéry, por razones que no están demasiado alejadas de las que he expuesto. Pero, por perturbador que sea ese grito viniendo precisamente de alguien como él --que amó a los hombres por lo que tienen de admirable--, no vamos a apropiárnoslo. Y, sin embargo, ¡qué tentador puede resultarnos, en ciertos momentos, darle la espalda a este mundo sombrío y descarnado! Pero esta época es la nuestra, y no podemos vivir odiándonos. Ha caído así de bajo tanto por el exceso de sus virtudes como por la grandeza de sus defectos. Lucharemos por aquella de sus virtudes que viene de antiguo. ¿Qué virtud? Los caballos de Patroclo lloran a su dueño muerto en la batalla. Todo se ha perdido. Pero se reanuda el combate, ahora con Aquiles, y la victoria llega al final, porque la amistad acaba de ser asesinada: la amistad es una virtud.

La ignorancia reconocida, el rechazo del fanatismo, los límites del mundo y del hombre, el rostro amado, la belleza en fin, tal es el terreno en el que volveremos a reunirnos con los griegos. En cierta manera, el sentido de la historia de mañana no es aquel que se cree. Está en la lucha entre la creación y la inquisición. Pese al precio que hayan de pagar los artistas por sus manos vacías, se puede esperar su victoria. Una vez más, la filosofía de las tinieblas se disparará por encima del mar destellante. ¡Oh pensamiento del Mediterráneo!¡La guerra de Troya se libra lejos de los campos de batalla! También esta vez los terribles muros de la ciudad moderna caerán para entregar, "alma serena como la calma de los mares", la belleza de Helena.





*Subrayados míos

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