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viernes, enero 11, 2008

Tanta sangre, tanta desolación

Santo Domingo, en el camino de Santa Fe, es una reserva de los indios Pueblo, a unos diez kilómetros de Albuquerque, allá en el desierto de Nuevo Méjico. Queríamos ver aquello, claro, y no sabíamos muy bien qué podíamos esperar: Vicente Luis Mora, nuestro anfitrión, acababa de llegar a su puesto en Albuquerque como director del Cervantes y, cuando nos propuso llevarnos en coche a Santa Fe, aceptó encantado parar un momento en la reserva. Tenía noticia, nos dijo, de que los indios Pueblo se dedicaban, más que a otra cosa, a la alfarería. Tal vez podríamos comprar, un poco más barato, algún cachivache y rezar para que no se rompiese, tres días después, en la valija del avión. La tierra, en Nuevo México, es alta y habla. Lo que dice, supongo, es una cantilena triste sobre la aspereza de la vida, de su dureza: de momento no entendíamos su dialecto, su silencio helado interceptado por las luces del invierno, pero nos íbamos acostumbrando a su música: si yo abría las ventanas del hotel, y oteaba aquella distancia, podía ver grabada sobre la tierra una imagen exacta de la sed; montañas erosionadas con forma de yunque, piedras blancas, cactus que sobrevivían porque la muerte, por aquel sitio, no transitaba por temor a su propia muerte.

Israel Centeno, el novelista venezolano, se entusiasmó con la idea de visitar una reserva india.

-¿Es parte de nuestra mitología moderna! ¿No veías westerns de pequeños? Yo ya siento el sonido de los tambores, las señales de humo, las leyendas de los campos del norte acariciando en su fuego los días felices de la caza del bisonte - dijo.

Sí, era eso más o menos. Israel, ya en el coche, nos dijo que él algo de indio tendría, no como Chávez, aseguró, «que un día es negro, otro indio y otro sobrino de Bolívar. Ése cambia de raza según le convenga y el color de la piel de los votantes del distrito». Estaba preocupado: tres días después eran las elecciones en su país y a él aquella tierra sólo le hablaba de la suya. Sonia dijo:

-Mirad: Madrid.

Era cierto, por increíble que parezca: en la carretera entre Albuquerque y Santa Fe hay una desviación a Madrid, a 14 millas tan sólo. En la gasolinera nos contaron que era un pueblo de no más de 400 habitantes y al que se llegaba, con cierto esfuerzo, por una carretera de tierra, sin asfaltar.

-Es bonito -decía aquel mejicano al pie del surtidor- pero quien llegue allí puede que ya no salga nunca. ¿Dónde van ustedes?

-A Santo Domingo -contestamos.

-Puede que tampoco salgan nunca -dijo sumiéndose en un silencio misterioso.

Tres quilómetros después vimos, a mano derecha, la desviación al pueblo y el aviso de que, de seguir por ese camino, abandonábamos los Estados Unidos de América y entrábamos en territorios bajo la soberanía de los indios Pueblo. En letras un poco más grandes, un anuncio afirmaba que estaba prohibido hacer fotografías bajo multa de 1.000 dólares «y consecuencias imprevistas». Israel Centeno, con su sorna, bromeó:

-Mire que ya les dije que yo era medio indio. Sé lo que significa esto. Están preparando una gran olla para cocinarnos. ¡Nos van a preparar al pil-pil!

Nos reímos. ¿Quién no va a reírse ante la desolación? Una risa callada y triste, que no tiene remedio. Llegamos: casas de adobe, silencio, furgonetas aparcadas en una cuneta. La miseria había escogido aquel lugar para hacer su nido de trapos sucios y remordimientos. En lo que parecía la plaza del pueblo nos detuvimos: miré alrededor. Una mujer muy anciana se asomó a una puerta y, al vernos, se volvió a encerrar en su casa. Dije:

-Es como un poblado gitano de los años 70.

Enfrente, una iglesia muy blanca, decorada con caballos.

La tierra hablaba. Decía que estaba harta de tanta sangre, de tanta desolación.

Xuan Bello,


30.12.07 - (escrito para El Comercio de Oviedo)

miércoles, diciembre 05, 2007

Corrido nerudiano en Nuevo México



por santo domingo a xuan, sonia y vicente

El pueblo es frío como un hogar sin leño mojado y musgoso es el pueblo de heladas recientes el pueblo de las cuatro casas y una tienda fantasma donde un toro de carne avejentada pasea el ruedo de una iglesia con los cascos sobre el patio al rodeo y a medio camino de Santa Fe un joven grita al franquear al toro ya lo mide ya lo pesa y apenas lo toca con la palma de la mano el predicador y santo talla de madera más o menos dibuja verónicas al vuelo toro de cojones pequeños de verga lancinante en la herida tarde ¿y la verdad? Se escuchan los hierros sonar y las armas cargar y se escucha el solo de cuerdas o el cajón fúnebre de un bajo así toro recitan aquellos infames versos de Neruda en noches como esta la tuve entre mis brazos, la besé tantas veces bajo el cielo infinito tan solo tantas veces y luego el frío porque el viento pasa toro en el invierno más crudo del desierto allí trama algo ruin con los dedos mutilados de la hilandera de la historia señora puta esa la de los ausentes en el pueblo de amable saludo dos tres indios obesos viejos bienencarados juegan con sus piernas y tratan de dar patada a los bolos de las zarzas que cruzan las calles de tierra y se transforman en bolos nevados hasta que suenan las trompetas del invierno ido cómo se llamará el más gordo este señor de crines canas él contó de cómo se ceban a los cochinos a los forasteros y se adornan las columnatas de la iglesia de Palo Seco el dia del duelo si antes lo hubo lo habrá después dialéctica pura y una boda sumadas a dos muertes de perros tiesos y orillados sobre las grietas de las calzadas no son más porque las conté y son dos o tres las calzadas del pueblo ritual impecable frente a la plaza los de siempre sobre el mismo retrete enmierdecido no eran otros sino los cantaores del poema que entonan pensar que no la tengo pensar que la he perdido mi alma no se contenta con haberla perdido anda toro imbécil ve hijo de mil corridas y leches sacude ese cuerpo abotagado de testosteronas y haz relucir los cuernos y las paletas concebidas para las estocadas fatales que no son una sino las de siempre miles y la de siempre una la muerte más una dos el frío del pueblo triste suda cubierto por la helada sólo se suda esa calentura al fondo de un océano de arena allá donde crecen casinos al pie de grandes montañas y al fondo de otros tantos pueblos y estados. Una mujer en El Álamo, en Santa Fe o en la puta madre que la parió, ha encontrado a quien hacerle cuernitos con la mano, sonríe junto a su chivotoro expiatorio y se siente feliz. Estos serán los últimos versos que yo le escribo.

jueves, noviembre 29, 2007

HOY

Literatura a contracorriente, en Albuquerque


INVITAN A UNA MESA REDONDA DE LITERATURA CONTRACORRIENTE EL 29 DE NOVIEMBRE

El Instituto Cervantes de Albuquerque invita a un evento especial de literatura el 29 de noviembre a las 7 p.m. Los jóvenes narradores, Xuan Bello e Israel Centeno, un español y un venezolano, que se caracterizan por su libertad creativa y por su originalidad formal, según el centro, representan el futuro de la literatura en español y presentan dos maneras de ver el mundo profundamente exigentes, renovadoras, tres proyectos literarios sólidos, que no dejarán a nadie indiferente. El evento se llevará a cabo en el Salón Ortega, en el Centro Nacional de la Cultura Hispana, ubicado en la esquina de las calles 4 y César Chávez, en Albuquerque. Para más información, llame al 505-724-4777



and I say NO.

hasta lueguito.

Tercer día de Cuaresma

  Memento Mori Israel Centeno Si solo das cuenta del afán y los éxitos, darás cuenta del costo. No hay victoria sin precio, ni altar sin fue...