sábado, marzo 08, 2025

Tercer día de Cuaresma

 Memento Mori



Israel Centeno

Si solo das cuenta del afán y los éxitos,
darás cuenta del costo.
No hay victoria sin precio,
ni altar sin fuego.

Tu ganancia es temporal,
tus victorias, resplandores
que se apagan en el vacío.
Impones tu voluntad,
pero la muerte toca sin sutileza.

Aunque no lo hayas escuchado antes,
en el momento final
escucharás el monólogo
de Roy Batty en Blade Runner:

"Yo he visto cosas
que vosotros no creeríais.
Naves de ataque en llamas
más allá del hombro de Orión.
He visto rayos-C brillar
en la oscuridad
cerca de la Puerta de Tannhäuser.
Todos esos momentos
se perderán en el tiempo,
como lágrimas en la lluvia."

Salomé ha pedido
todas las cabezas,
incluso la del festejado.
Danzas la pavesa
sobre el rescoldo de la hoguera.

Puso el mundo a tus pies,
te sació con el hambre,
te lanzó desde las cimas,
y luego te dejó caer.

Sin un solo esplendor,
polvo acaso.

No se apura,
tiene todas las cartas.

Su reino es distorsión y olvido,
sin réplica,
sin disputa.

Si en oro has puesto tu afán,
si en el mundo anclas tu vida,
en sombra se van.
Mira las cenizas,
las mide.

Sin apuro,
sin error,
su victoria
casi perfecta.

Por Él todo fue creado.

El hombro de Orión
fue un gesto de amor.
No hay oscuridad
cerca de la Puerta de Tannhäuser.
Todos esos momentos han pasado,
pero en Él todo es abundante
y no conoce muerte.

Hasta las lágrimas en la lluvia
serán restauradas.

En lo mudable
todo es pasajero,
solo el amor
atraviesa la fatalidad.

Perdona nuestras deudas,
porque hemos perdonado,
y líbranos en el desierto
de las tentaciones.

No solo de pan vive el hombre,
sino del pan de vida
que habita entre nosotros.

Él ha vencido
a las tentaciones de este mundo,
a la muerte.

Él es el camino,
la puerta,
la luz
y la verdad.

Él te hará libre.

jueves, marzo 06, 2025

Democracias Plenas y la Marca del Esclavo




Israel Centeno 


Vivimos en una época en la que las palabras han perdido su significado original. Se siguen utilizando con la misma solemnidad que en el siglo XX, pero su contenido ha sido vaciado o, peor aún, transformado en algo completamente distinto sin que la mayoría de la gente lo note. Una de esas palabras es democracia.


Los mapas del mundo siguen pintando ciertos países de azul, etiquetándolos como “democracias plenas”, como si ese título todavía tuviera el peso que alguna vez tuvo. Nos dicen que estos lugares defienden la libertad, la transparencia y la autodeterminación. Pero basta con viajar a esos países y ver la realidad con nuestros propios ojos para darnos cuenta de que la democracia que se predica no es la que se practica.


Tomemos a Canadá, por ejemplo, un país presentado como la cima de la democracia, pero que ha evolucionado en un estado de vigilancia. Las protestas de los camioneros en 2022 demostraron lo fácil que es para un gobierno democrático congelar cuentas bancarias, monitorear a sus ciudadanos y restringir libertades básicas con un simple decreto de emergencia. No fueron las acciones de una fuerza clandestina, ni de un régimen autoritario operando en las sombras. Fue el propio gobierno “democrático” quien lo hizo, sin la menor contradicción interna.


Australia no es diferente. Allí, el Estado tiene control absoluto sobre la vida privada a través de la tecnología, la tributación y la regulación del discurso público. La intolerancia académica y la censura en redes sociales son moneda corriente. Suecia, otro país clasificado como democracia plena, sigue un modelo similar: un sistema donde el Estado regula cada aspecto de la vida hasta el punto de un cuasi-totalitarismo, todo en nombre de la igualdad y la seguridad social.


Entonces, cuando hablamos de democracia plena, ¿de qué estamos hablando realmente?


¿Se trata simplemente del derecho a votar? ¿Se trata de poder elegir entre opciones preaprobadas en un sistema que, en muchos casos, ya ha decidido el curso de la política independientemente de la voluntad del pueblo? ¿Se trata de libertad de expresión, cuando esa libertad es censurada de facto a través de regulaciones, listas negras y linchamientos digitales?


¿Estamos confundiendo democracia con igualdad forzada, una igualdad que no eleva a las personas, sino que las aplana y las somete?


Estas son las preguntas que debemos hacernos a medida que el mundo se reorganiza en estados cada vez más intolerantes, más autoritarios y más vigilados.


Porque si democracia plena significa vivir bajo la supervisión constante de un Estado que dicta lo que podemos decir, pensar y hacer, entonces la democracia del siglo XXI ya no es la del siglo XX.


Hoy en día, nadie está realmente fuera del sistema de vigilancia. Cualquiera que use un teléfono, televisión, internet o redes sociales es monitoreado de una u otra forma. Cada búsqueda, cada compra, cada opinión expresada en una plataforma digital es registrada, analizada y, si es necesario, corregida o eliminada.


La única forma de escapar de esta red de control, en algunos países, es literalmente desaparecer del sistema. Esto es lo que llaman vivir fuera de la red (off the grid). Y los únicos que realmente viven fuera de la red son los indigentes, aquellos que han abandonado por completo la estructura del mundo moderno.


Pero optar por entrar o salir de la vigilancia ya no es una opción. En este nuevo orden, los algoritmos ya han colocado en ti la marca del esclavo.


Tu rostro está registrado, tu voz ha sido analizada, tu historial de compras ha sido procesado, tus opiniones han sido clasificadas y etiquetadas.

Tus pensamientos han sido reducidos a un perfil digital, a un modelo predictivo de quién eres, qué harás y qué te hará reaccionar.


¿Quién es tu amo?


Es la pregunta que nadie se atreve a hacer. Porque en un mundo donde la libertad se ha convertido en una simulación y la esclavitud es voluntaria, nadie quiere mirar demasiado de cerca el sello que ya lleva marcado en la frente.


Estados Fallidos, Tiranías Digitales y el Nuevo Orden de Control


Cuando observamos países como Venezuela, Cuba y Nicaragua, vemos algo que va más allá de una simple dictadura. No se trata solo de regímenes autoritarios; son estados fallidos, pero con una dimensión adicional: una simbiosis con la delincuencia, una profunda complicidad con el crimen organizado y una tolerancia tácita por parte de las llamadas democracias plenas del mundo.


La opresión en estos lugares es más salvaje, más primitiva. No depende de tecnología sofisticada ni de redes de vigilancia avanzadas, sino de violencia cruda, miedo y el colapso absoluto de las instituciones. Estos regímenes no funcionan como estados modernos, sino como feudos, donde el imperio de la ley ha sido reemplazado por la ley de la fuerza. El Estado y el crimen organizado son indistinguibles: milicias, pandillas y fuerzas de seguridad del gobierno operan de manera intercambiable, creando un ecosistema en el que el control no se ejerce únicamente desde arriba, sino que se difunde en cada aspecto de la vida diaria a través de la intimidación, los informantes y las represalias brutales.


Pero estos son métodos antiguos de control—la opresión como se hacía en el pasado, donde el poder se mantenía por pura brutalidad. Esto no es China.


El Partido Comunista Chino (PCC) ha evolucionado hacia algo mucho más sofisticado. No gobierna simplemente a través del miedo—gobierna con precisión, con inteligencia artificial, con la integración absoluta de la tecnología en la administración del Estado. El PCC ha desarrollado un totalitarismo digital que castiga, vigila y recompensa a sus ciudadanos con eficiencia matemática. Ya no es una dictadura de hombres, sino de algoritmos.

El Sistema de Crédito Social es el mejor ejemplo de ello: un mecanismo a través del cual toda la población es clasificada, monitoreada y condicionada a comportarse de manera que beneficie al Estado. A través del reconocimiento facial, el rastreo financiero y el análisis basado en inteligencia artificial, el gobierno decide quién tiene acceso a oportunidades y quién es marginado de la sociedad. El disenso no solo es castigado; es sistemáticamente borrado. El modelo es aterrador porque se refuerza a sí mismo: quienes se adaptan son recompensados, mientras que quienes resisten son eliminados del sistema. El objetivo no es solo la obediencia, sino una sociedad donde la desobediencia ni siquiera sea una posibilidad.

Y, sin embargo, en las democracias occidentales, ha surgido otra forma de control—menos visible, menos brutal, pero igualmente efectiva.

En los Estados Unidos, las personas en la cima del sistema no son controladas por la policía ni por agentes del Estado, sino por el crédito.

Los sistemas financieros actúan como cadenas invisibles—tu puntaje de crédito dicta dónde puedes vivir, qué préstamos puedes obtener, si puedes acceder a una vivienda, a la educación o incluso a ciertos empleos. La deuda es el grillete moderno, mantiene a las personas atrapadas en un sistema que exige productividad, mientras les ofrece las recompensas justas para evitar la rebelión. No es necesario que el gobierno intervenga cuando las instituciones financieras privadas ya determinan los límites de la libertad individual.

El problema ya no es solo el totalitarismo tradicional. La verdadera pregunta ahora recae en Occidente, no en si el totalitarismo se expandirá, sino quién dirigirá el nuevo orden. La lucha no es ideológica, sino de poder: ¿quién dictará las reglas del juego en un mundo donde la democracia ha sido vaciada de su significado original?

En este orden emergente, los Estados soberanos ya no sirven a sus ciudadanos; los administran. Regulan el pensamiento, controlan la educación y establecen los límites del discurso aceptable. Quienes se salen de la norma no se enfrentan a un dictador con uniforme, sino que son castigados por algoritmos, silenciados por sistemas automatizados y convertidos en fantasmas digitales en un mundo donde la participación ya no es un derecho, sino un privilegio concedido por el sistema.


El futuro del gobierno no será decidido por parlamentos o elecciones.

Serán la vigilancia, la automatización y la inteligencia artificial quienes gobiernen.

Y en este nuevo mundo, la pregunta no es si la democracia sobrevivirá.

La pregunta es quién gobernará sobre sus ruinas.

La Política de la Nueva Esclavitud

 

Israel Centeno



No hay oficio donde el engaño y la ausencia de integridad sean más elogiados como virtudes que en la política. En otro tiempo, faltar a la palabra era una falla moral. Hoy es estrategia. El arte de la mentira, la ciencia de la traición: estos son los instrumentos del poder. La noción del bien común no es más que un adorno retórico, invocado cuando conviene y desechado cuando estorba.

Ahora, cuando la ilusión de la democracia se desvanece y nuevas formas de neo-totalitarismo toman forma, la política ha refinado sus métodos. Ya no gobierna a través de la fuerza bruta, sino mediante la manipulación de emociones, la fabricación de percepciones y el cuidadoso diseño de la división social. Vivimos en una época donde los mapas pintan naciones enteras de azul, etiquetándolas como "democracias plenas", mientras en muchas de ellas la prensa es amordazada, las universidades se convierten en fábricas de dogmas y el discurso público es dictado por una mano invisible.

Las mismas tácticas se repiten en todas partes: los hechos se descontextualizan, se convierten en narrativas de persecución estalinista y se utilizan como armas políticas. Los medios amplifican el escándalo, transformando la conversación nacional en una hoguera de miedo y furia. Una sociedad en ansiedad perpetua es una sociedad fácil de controlar.

Y luego viene la siguiente escena: los mismos actores políticos que se insultaban frente a las cámaras ahora estrechan manos en privado, reparten cuotas de poder y reorganizan sus alianzas. La política es el negocio del engaño, de los conflictos escenificados y la indignación fabricada. Es el arte de la trampa sucia, siempre en nombre del progreso.

Pero el poder actual no se conforma con controlar leyes y discursos. Ahora busca algo más profundo: la relación entre amo y esclavo.

La tecnología ha dejado de ser una herramienta y se ha convertido en un ídolo. La adoramos voluntariamente, entregamos nuestros datos, nuestra privacidad, nuestra autonomía—nos ofrecemos sin costo, agradecidos por la última aplicación que nos da nuevas ilusiones.

El futuro ya no se parece tanto a 1984, donde la obediencia se imponía por el miedo. En su lugar, se perfila la distopía de Huxley, donde la servidumbre se acepta con agrado, donde la sumisión se siente como placer, y donde las cadenas están hechas de comodidad, no de hierro. La marca del esclavo ya no se impone, se solicita.

Este es el nuevo mundo virtual, la realidad simulada, donde incluso la libertad y la verdad no son más que simulaciones bien producidas. No es de extrañar que, a pesar de todas las evidencias, cada vez más voces salgan al mainstream clamando que el libre albedrío no existe.

¿A qué criminales se buscará exculpar, alegando que nunca tuvieron la capacidad de diferenciar el bien del mal?

Porque si el ser humano no es libre, entonces nadie es responsable.
Y si nadie es responsable, entonces el mal deja de ser mal.

Este es el mundo que nos ha tocado.
Y este, por ahora, es su destino.

Primer día de Cuaresma

 Israel Centeno



Un día un hombre despierta
y todo lo que tenía,
todo lo que amaba,
se ha ido.
Sin razón, sin piedad,
desaparecido.

Se queda en la ruina,
como Job,
despojado de lo suyo,
mirando el polvo asentarse.

Un paso fuera de Dios,
un paso dentro de la nada.

Siente la necesidad de orar.
“Padre nuestro.”
Nada.
Un vacío inmenso,
un cielo de piedra.

El segundo día,
un eco.
El tercero,
algo a qué aferrarse.
La fe se alza,
sale de la tumba.

Gracia y desgracia,
providencia y pérdida.
¿Por qué existe el dolor
si ni una hoja cae
fuera de Su voluntad?

Y sin embargo—
Dios es Amor.
Dios es Poder.

Dios es Miserirdia

Dios es Gloria

Un misterio
que solo el silencio responde.

Aliosha lo supo.

miércoles, marzo 05, 2025

La Marca del Esclavo

 Israel Centeno





Dedicado a aquel que pidió Sabiduría.

Se pregunta—¿quién? No hay nombre para el que medita sobre la caída, sobre la infinita extensión del viento y del afán. Podría ser un rey que lo vio todo y comprendió que el oro es ceniza en las manos. Podría ser un testigo, un errante que ha caminado demasiado, que ha visto el alba en los palacios y el ocaso en las calles. O quizá no sea nadie, solo una voz que resuena en el vacío.

Mira el mundo y lo reconoce por lo que es: una arquitectura de servidumbre. La antigua, la primigenia, la de los grilletes y las marcas de fuego, aún persiste en las sombras. Niños doblando la espalda sobre canteras invisibles, extrayendo minerales para las máquinas que nos rodean. Manos diminutas ensamblando los circuitos de la promesa moderna. Vidas ancladas en servidumbres ancestrales en los pliegues menos mencionados de Asia y África. Y junto a ellas, la nueva esclavitud, más insidiosa, más refinada. No hacen falta barrotes cuando la voluntad se entrega, ni guardianes cuando el pensamiento se enreda en la malla infinita de los algoritmos, y más adelante, en el laberinto de lo cuántico, donde el absolutismo será total.

Y no es solo el porvenir: el futuro ya está aquí, y lleva el signo de la esclavitud. Lo llevamos tatuado. No en la piel, sino en la estructura misma de nuestra existencia. Lo hemos aceptado, lo hemos interiorizado, lo hemos llamado comodidad, progreso, seguridad. Hemos aprendido a amar la vigilancia, a exigirla. Pedimos, con una mansedumbre cada vez más depurada, que nos dicten qué pensar, qué sentir, qué desear. Nos entrenamos en la sumisión mientras pronunciamos la palabra libertad.

Y se pregunta por la bestia. No la ve, pero la intuye en la geometría de los sistemas, en la precisión matemática del castigo y la recompensa. Busca el número, quiere pronunciarlo, pero se desvanece antes de formar sonido. Todas las cifras son posibles, menos esa. Se lleva las manos a la cabeza, como queriendo apartar la sombra, como si pudiera despejarse de un mal sueño. Pero el sueño no es suyo; es de todos.

“Descubrimos la penicilina,” dice. “Vacunamos a nuestros hijos. Aprendimos a leer. Nos aventuramos en los enigmas del universo.” ¿Pero lo comprendimos? ¿O solo aprendimos a repetir patrones, a interpretar fórmulas sin conocer el significado de la señal más elemental?

Al final, el hombre solo puede ser amo o esclavo. Toda diferenciación de clase, casta y raza termina en ello. Y cuando cree ser libre, es el administrador de una injusticia, el capataz de uno de los infiernos en la Tierra, erigido en nombre de los cielos.

Lo que fue, eso será.
Lo que se hace, se hará.
Y nada hay nuevo bajo el sol.



martes, marzo 04, 2025

Brideshead Revisited: A Novel of Grace and Longing

 


Israel Centeno

Evelyn Waugh’s Brideshead Revisited (1945) is a novel about the quiet, insistent pull of something beyond ourselves—something that persists even when we resist it, ignore it, or try to escape. Beneath its story of an aristocratic English family’s decline, Brideshead is a meditation on longing, failure, beauty, and the strange ways in which people are drawn toward meaning, even when they believe they have left it behind.

Charles Ryder, the narrator, is an outsider—an agnostic drawn into the world of the Flyte family, whose lives are shaped by an inheritance greater than their crumbling estate. They are flawed, conflicted, sometimes self-destructive, yet bound to something that they neither fully control nor fully understand.

Sebastian Flyte, the golden youth whose charm intoxicates Charles, is perhaps the most compelling figure. His descent into alcoholism and exile is heartbreaking, yet it is not the tragedy we expect. He is not merely a lost soul but a man who, in losing everything, seems to stumble toward something deeper—something that looks like peace, though not the kind the world usually recognizes.

Julia, Charles’ great love, is likewise caught between desire and duty, yearning for freedom yet unable to sever herself from the invisible thread that ties her to her past. Her final decision—to step back from the life she thought she wanted—feels like loss, yet it carries the weight of something truer than self-indulgence.

At its core, Brideshead Revisited is about the inescapable presence of something enduring—whether we name it or not. The novel resists simple resolutions. It does not offer easy conversions or neat moral lessons. Instead, it portrays lives shaped by forces greater than personal will, by an unseen architecture that holds even those who try to dismantle it.

The Unsettling Nature of Grace

The novel’s most radical claim is that meaning does not depend on belief. The characters are not necessarily seeking transcendence; rather, transcendence seeks them. Sebastian drinks himself to ruin, Julia fights against the weight of her inheritance, Charles scoffs at faith—yet something remains, pressing in on them even in their resistance.

Waugh does not argue for anything. He simply tells the story of people caught in the tension between their own desires and a reality that refuses to let them go. The novel suggests that whether we acknowledge it or not, we are all shaped by something beyond ourselves. Even those who claim indifference find themselves, in the end, kneeling before the mystery.

In an age that prizes autonomy and self-definition, Brideshead Revisited stands as a challenge. It asks whether we are truly the authors of our own lives or if we are, in the end, shaped by something greater. It suggests that love is not merely passion but sacrifice, that freedom is not merely choice but recognition, and that the deepest longing of the human heart is not to possess but to be found.

This is not a novel about dogma. It is a novel about desire—about the things we chase and the things that chase us. And in the quiet of its final pages, it leaves us with a question: what if the thing we are running from is the only thing that can give us rest?

La aflicción y el misterio del vaciamiento: De Simone Weil a la Cruz de Cristo*

Aflicción, dolor, tribulación: no son meros sinónimos, sino realidades profundas que definen la existencia humana en su relación con el mundo y con Dios. Simone Weil comprendió la aflicción (malheur) como algo distinto del sufrimiento ordinario. Es un estado tan abrumador, tan absoluto, que aliena el alma, la priva de toda capacidad de amar, de dar o recibir gracia. Es el extremo del sufrimiento humano, donde el dolor deja de ser un tránsito y se convierte en un abismo, un exilio del sentido mismo de la existencia. 

 Pero, ¿cómo trascender ese estado? ¿Cómo puede la aflicción, que parece aniquilar el alma, convertirse en el medio de su salvación? Este es un misterio, un misterio revelado en el Dios que se vació de sí mismo (kenosis), en Aquel que renunció a todo poder, incluso al poder de su propia presencia, y soportó el extremo del sufrimiento en la inocencia, la humillación y la muerte. La Pasión de Cristo, su tormento y crucifixión, es la clave para comprender cómo la aflicción no es la última palabra, sino el camino hacia la victoria definitiva. -

El misterio de la kenosis: Vaciamiento y la Cruz.

 San Pablo, en su Carta a los Filipenses (2:7), proclama que Cristo se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Esta kenosis—el vaciamiento divino—es el corazón del misterio cristiano. No es solo un acto de condescendencia, sino una renuncia radical: Cristo no solo se hace hombre, sino que entrega todo, incluso sus propios atributos divinos, para habitar plenamente la condición humana caída. El primer vaciamiento ocurre en la Encarnación: Dios se hace hombre, abrazando la debilidad, la pequeñez y la contingencia. El Verbo habita entre nosotros durante treinta años sin revelar su divinidad, sin imponer su omnipotencia. Luego, en el Huerto de Getsemaní, enfrenta la segunda kenosis, la agonía previa a la Pasión. Cae al suelo, suda sangre, tiembla. El miedo y la desolación lo consumen. Y sin embargo, en lo más profundo de esa aflicción, **se somete a la voluntad del Padre**. Finalmente, en la Cruz, se consuma el vaciamiento definitivo. Cristo sufre no solo la agonía física, sino la humillación absoluta, el despojo total de su dignidad. Y entonces, el grito que resuena a lo largo de la historia: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Aquí, Cristo entra en la aflicción absoluta que describe Simone Weil: el momento en el que no hay consuelo, no hay respuesta, solo el silencio de Dios. Es el sufrimiento que Iván Karamázov considera insoportable, el sufrimiento de los inocentes, el dolor no redimido que desafía la fe misma. Y sin embargo, en este abandono, Cristo no huye. Permanece. Habita la aflicción en su totalidad y, al hacerlo, la transfigura. --- 

Entropía, corrupción y la resurrección de la carne 

Este misterio no está solo inscrito en el sufrimiento humano, sino en la estructura misma del universo. La verdad de la aflicción es visible en la ley de la entropía, en la muerte de las estrellas y los sistemas planetarios, en la disolución de todo lo que es contingente y que inevitablemente perecerá. Incluso nuestros pensamientos—nuestro impulso por comprenderlo todo—están sujetos a la limitación del tiempo, a un cosmos que se expande desde el fuego primordial del Big Bang solo para disiparse en el frío y el olvido. Y sin embargo, es precisamente en esta destrucción donde se revela la redención. La misma disolución que consume la creación también participa en la renovación de todas las cosas. Todo lo que tiene el aliento de Dios—el Espíritu que da vida—anhela esta redención.  Esto es lo que Cristo encarna en el punto culminante de su Pasión, cuando entrega su última respiración con las palabras:  Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. No es solo una rendición; es el acto supremo de confianza. Cristo, completamente vacío,  confía su último aliento, su alma, su espíritu al Padre. Y al hacerlo, no cae en la nada—transfigura todo lo que perece en la semilla de lo que será eternamente redimido . Así, la corrupción de la carne—la decadencia de toda vida—no es el destino final de la creación. Memento mori, el antiguo recordatorio de la muerte, no es el punto final. La misma corrupción del cuerpo, que la aflicción nos hace innegable, encuentra su respuesta en la **promesa de la resurrección de la carne**. San Pablo lo proclama en  1 Corintios 15:42-44 Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción; resucita en incorrupción. Se siembra en deshonra; resucita en gloria. Se siembra en debilidad; resucita en poder. Se siembra cuerpo natural; resucita cuerpo espiritual. El cuerpo que se corrompe, la carne que sufre la aflicción, no es desechado en la eternidad.  Es transfigurado. La Resurrección de Cristo no es una metáfora—es  la respuesta definitiva a la entropía de la creación, a la corrupción de la carne, al sufrimiento que aflige a todo ser viviente

Trascender la aflicción: Cruzar el velo 

En el momento de la muerte de Cristo, el velo del Templo se rasga en dos.  La separación entre Dios y el hombre se rompe. En la Cruz, Cristo experimenta el abandono más radical, y sin embargo, ese abandono se convierte en la puerta a la plenitud divina. Por eso San Pablo puede proclamar con audacia: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?"  La mayor aflicción, el sufrimiento más absoluto, no es el final. El sufrimiento no tiene la última palabra. Pero para trascenderlo, debemos cruzar el velo. Debemos entrar en el misterio del sufrimiento de Cristo  con atención y contemplación como señala Weil. Porque la verdadera felicidad no es simplemente la ausencia de dolor, sino un estado de gracia, un reino donde la aflicción ha sido transfigurada en amor—un amor que ya no está sujeto a la necesidad ni a la gravedad del mundo. Un amor que vence la muerte. Un amor que resucita incluso lo que ha perecido en gloria incorruptible. --- Este es el texto final, ahora en español, con la integración total de la corrupción de la carne y su resurrección 

Queda completamente hilado con la estructura cósmica del sufrimiento y la victoria final de la redención. 

Tercer día de Cuaresma

  Memento Mori Israel Centeno Si solo das cuenta del afán y los éxitos, darás cuenta del costo. No hay victoria sin precio, ni altar sin fue...